Me arrodillé ante él en la ducha al amanecer
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
Entré con la llave que me dejó en la maceta. Lo que no esperaba era encontrarla a ella esperándome con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
La caja llevaba meses cerrada en el fondo del armario. La abrí por curiosidad y, una hora después, tenía el móvil grabando todo lo que mi cuerpo era capaz de sentir.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Esa mañana ella creía estar sola. Cerré la oficina, pedí que no me pasaran llamadas y abrí la aplicación justo cuando ella entró al dormitorio.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Le pedí a mi marido una foto suya y me llegó la de otro hombre: un desconocido perfecto. Esa noche no imaginé hasta dónde me llevaría esa imagen mientras dormía.
Mi compañera dormía cuando él tocó la puerta con un ramo de fresias. Yo abrí en sweater y descalza. Esa noche me prometí no dejar entrar nunca más a un hombre en mi cama.
Frente al espejo del hotel, ese bikini no me quedaba bien. Nada me quedaba bien desde que decidieron qué clase de cuerpo merecía tener.
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.
—Hoy solo vamos a cuidarte —susurró, y entendí que después de ser su puta toda la noche, ahora me tocaba volver a ser su chica.
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
El taxi llegó a las dos y media. Subí los cuatro pisos con dos bolsas en las manos y la certeza de que ya no había vuelta atrás.
La sala estaba casi vacía. Mi marido se levantó a por las bebidas y, antes de salir, me había subido la falda y el jersey lo justo para que su amigo no pudiera apartar la mirada.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Mi esposa creía que el juego terminaba cuando se iba el técnico. No sabía que la cámara escondida lo grababa todo y que mi excitación apenas empezaba al verla desde la oficina.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.