Las doce pruebas empezaron el día de mi cumpleaños
Cuando abrí la caja y encontré el encaje negro y la máscara con la pluma, pensé que era un capricho de Andrés. Faltarían meses para que entendiera quién la había elegido en realidad.
Cuando abrí la caja y encontré el encaje negro y la máscara con la pluma, pensé que era un capricho de Andrés. Faltarían meses para que entendiera quién la había elegido en realidad.
Llevaba once años casado con ella y creía conocerla entera. Esa madrugada, con mi mejor amigo todavía en casa, descubrí un lado suyo que jamás imaginé.
Llevábamos meses citándolo en casa después de cada cena. Esta vez quisimos más: dos días encerrados con él, sin reloj, sin vecinos, sin freno.
Ella se levantó enfadada porque él miraba el fútbol y ni la notaba. No sabía que ese golpe contra la mesa iba a encender toda la tarde.
Llevaba todo el día imaginando el momento exacto en que la llave girara en la cerradura. No pensaba decirle nada: solo dejar que me encontrara así, esperándolo.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.
Cuando el aire fresco me golpeó la piel desnuda entendí que no estábamos en la habitación: me había sacado al jardín, atada y a oscuras, y cualquiera podría haberme visto.
Habíamos pasado meses inventando excusas para no quedarnos solos. Esa madrugada se nos acabaron las excusas, y la cocina dejó de ser solo una cocina.
«No llevo nada debajo», le dijo al oído y siguió de largo hacia sus compañeros, dejándolo clavado en la puerta sin saber cómo iba a aguantar la noche.
Llevábamos meses sin tocarnos de verdad. Esa madrugada levanté la sábana solo para mirarlo, y lo que empezó como pura curiosidad terminó devolviéndome algo que creía perdido.
Reservó un chalet con piscina y cincuenta rosas. Lo que no esperaba era lo que él había escrito en los cincuenta papeles que ella misma le entregó.
No había bragas, ni zapatos, ni película a medias. Solo el vestido que ella estuvo a punto de descartar y la mirada con la que él la esperaba en la penumbra.
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.
Él nunca me adornó el amor con frases bonitas. Me lo demostró eligiendo estar ahí, mirándome como quien estudia una obra de arte, y diciéndome la verdad sin rodeos.
Le dije que sí porque me excitaba más que a ella. Lo que no calculé fue quedarme dormido justo cuando empezaba lo bueno.
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.