Mi confesión: lo que pasó cuando volvió del viaje
Me puse el vestido más ajustado que tenía y lo esperé en la terminal. Siete días sin él y mi cuerpo pedía a gritos que volviera.
Me puse el vestido más ajustado que tenía y lo esperé en la terminal. Siete días sin él y mi cuerpo pedía a gritos que volviera.
Sebastián traía visitas para que yo jugara. El juego siempre fue mío. Hasta que Diego cruzó la puerta con esa calma que no promete nada bueno.
Éramos cinco en el piso, hacía frío y alguien puso un disco equivocado. Esa tarde aprendí que las apuestas estúpidas a veces son las que mejor se pierden.
Valentina apareció con el vestido rojo y sonrió al ver las mesas de blackjack. Esa noche era la apuesta más alta del casino privado de su marido.
Siete noches navegando Europa central con seis desconocidos. Nadie habló de límites desde el principio, y eso lo cambió todo.
Me puse las zapatillas ya usadas y las medias gruesas, lista para un día entero de turismo. Él no sabía que cada paso era un regalo preparado para él.
Me quité el tacón despacio, sin apartar los ojos de él, y empecé a subir por su pierna. Quería ver exactamente cuándo dejaría de fingir que todo era normal.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Cuatro años en el mismo despacho sin saber quiénes éramos el uno para el otro. El día que lo descubrimos, todo cambió.
Cuando Sofía apoyó el cuerpo en la silla y vi cómo se le torció la cara de dolor, supe que la gripe era mentira y que lo ocurrido era mucho peor de lo que imaginaba.
Llevaba semanas preparando ese viaje para poner distancia entre los dos. Pero él apareció en mi puerta antes de que pudiera escapar.
Encontró el teléfono olvidado en la mesilla y tecleó el PIN sin pensarlo. Lo que leyó no era lo que esperaba, ni lo que esperaba sentir.
Éramos dos en la cama, la luz baja, sus piernas sobre las mías. Le dije que llevaba semanas pensando en algo que no sabía cómo pedirle.
Me llaman hombre fiel, pero hay dos que saben lo que soy de verdad. Esto es lo que nunca podré contarle a la mujer que quiero.
Esa noche Valeria tomó mi cabeza entre sus manos y la empujó exactamente hacia donde yo llevaba meses sin atreverme a mirar.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.
No necesitaba tocarla. Solo estar ahí, a medio metro de su espalda, respirando su mismo aire. Y comprobar, una vez más, que no iba a girarse.
Cuando Damián le susurró al oído que podía tenerme, algo en la mirada de Mateo cambió. La timidez desapareció y yo dejé de ser quien llevaba el juego.
Cuando Iván se bajó los pantalones frente a todos, supe que iba a pasar algo que no podríamos olvidar. Éramos cinco en el salón y la película ya no importaba.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.