Cuando apagas la luz y te tocas en silencio
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Cuando Laura leyó mi mensaje, canceló todos sus planes. No necesité decir mucho más: dos palabras bastaron para encenderlo todo entre nosotros.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
Rodrigo lo había organizado todo en secreto: la suite, las velas, Marcos esperando en el sofá. Solo me preguntó si estaba lista antes de abrir la puerta.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
La oí entrar a medianoche y no abrí los ojos. Fingí dormir. Lo que pasó después en esa habitación oscura no debería haberme gustado tanto.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Tenía las maletas en el pasillo y el taxi pedido para las seis. Entonces sonó el timbre y lo encontré al otro lado, con el teléfono en la mano.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Clara llegó con sus tacones y su carpeta de papeles falsos. Lo que pasó esa tarde fue más de lo que nadie había imaginado.
Habían prometido que no volvería a pasar. Pero cuando Marcos cruzó la sala y sus miradas se encontraron, la promesa duró exactamente tres segundos.
Llevábamos dos años intentando tener un hijo sin resultado. Cuando el médico confirmó lo que sospechaba, tomé una decisión que aún me cuesta explicar.
Martín me escuchó en silencio mientras yo le contaba lo que había pasado con el marido de mi madre. Esa noche no dormí pensando en hacerlo.
Llegó al salón con un vestido negro y una sonrisa que sabía lo que hacía. Mi mujer la miraba igual que yo. Los tres sabíamos que aquella tarde no terminaría con el café.
Me puse la falda más corta que tenía, entré sola al gym y esperé. No tardé mucho en notar que todos los ojos del lugar estaban clavados en mí.
Cuatro semanas de pruebas de sumisión y ahora la final: resistir más que la otra pareja. Sofía no pensaba pronunciar la palabra de seguridad, cueste lo que cueste.
Nadie había tocado mi cuerpo así. Cuando sus manos rodearon mi cintura, el libro de texto dejó de existir y empezó otra cosa completamente distinta.
Eran las cinco y media cuando escuché su voz al otro lado de la puerta. Lo que oí después me dejó clavada en el pasillo durante diez minutos.