La madrugada en que dejé de esconderme
Esa madrugada, cuando arrancó la sábana de un tirón, supe que ya no había nada que disimular: él lo sabía, y yo quería que lo supiera.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Esa madrugada, cuando arrancó la sábana de un tirón, supe que ya no había nada que disimular: él lo sabía, y yo quería que lo supiera.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Estaba haciendo la tarea cuando el calor entre mis piernas me distrajo. Lo que hice después con ese vaso de hielo me cambió la manera de mirarme.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Tardó cuarenta y ocho horas en llegar. Cuarenta y ocho horas en las que cada roce de la tela contra mi piel me recordaba lo que venía en camino.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Tenía la casa para mí sola, dos juguetes en el cajón y una idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Esa noche por fin iba a atreverme.
En las duchas del instituto miraba siempre a escondidas. Esa tarde, volviendo del entrenamiento, Mateo me hizo la pregunta que llevaba años esperando.
Mi cabeza me decía que no volviera nunca. Mi cuerpo recordaba aquellos labios y no me dejaba dormir. Al tercer día marqué su número.
Su madre nos vio jugando en la cama y, en lugar de gritar, me sonrió. Esa misma noche entendí que en esa casa nada era inocente, y yo tampoco quería serlo.
Pensé que sería una tarde tranquila frente a la tele, hasta que el pie descalzo de mi hermanastra empezó a subir por mi muslo y una pregunta lo cambió todo.
Llevaba años practicando con mis dedos y juguetes, pero ninguno me preparó para la primera vez que sentí a otro hombre respirando en mi nuca y empujando con paciencia.
La primera vez que lo vi desnudo fueron apenas unos segundos, pero bastaron para encender una curiosidad prohibida que ya no supe cómo apagar.
Llevábamos un año hablando cada día. Esa quinta noche en Sevilla, jugando al móvil en su sillón, le toqué la mano sin querer. Ninguna de las dos había estado nunca con una mujer.
Cuando todas se fueron a dormir, ella se acercó al sofá, me miró fijamente y dijo algo que nunca esperé oír de una amiga.
Cuando abrí la puerta con el vestido puesto y el pelo recién peinado, se quedó sin palabras. Esa noche dejé de esconderme y me entregué por completo.