Acepté la cita con un hombre por pura curiosidad
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Llevaba años deseando esos labios en silencio. Esa noche, peleando por el mando de la consola, su boca cayó sobre la mía y todo se rompió.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
Había cinco asientos vacíos en el bus y aun así eligió el mío. Sonrió, se acomodó el chal sobre el regazo, y supe que algo iba a empezar antes de salir.
A las dos de la mañana, en aquella sala con luces rojas, dejé de fingir que solo había venido a acompañar a mi marido. Estaba mirando. Y me estaba gustando demasiado.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Cada video suyo era una mentira: hablaba de energía sexual sin haber tocado a un hombre. Bajé las escaleras dispuesto a desmontarle el numerito de una vez por todas.
Cuando el primero se acercó al coche, mi mujer ya tenía la falda subida y la blusa abierta. Lo que vino después lo vi todo desde un sillón, vaso en mano, sin respirar.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Tenía veintidós años cuando ella me sonrió desde la otra punta del salón. No imaginé que esa misma noche me arrodillaría en su habitación, dispuesto a lo que me pidiera.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.
Cuando la vi bajar del camión con la mochila rosa al hombro, entendí que ella ya lo tenía todo decidido, y que yo solo iba a cumplir mi parte del trato.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Cuando salí del pabellón pensé que iba directo a casa. No sabía que él me esperaba apoyado en la valla, con un cigarrillo encendido y otra cosa en mente.
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.