Mi prima me enseñó algo que no debí descubrir esa tarde
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando abrí la puerta sin tocar, mi prima estaba en la cama con las piernas abiertas y un juguete entre las manos. Pensé que moriría de vergüenza. Al día siguiente volví.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Nunca lo vi en persona. Solo necesité mis palabras, un altar de velas y la certeza de que un hombre puede arrodillarse ante alguien que jamás le devolverá el gesto.
Nadie sabía lo que llevaba debajo del pants gris. Hasta que una mano se posó en mi cadera y entendí que él sí lo había adivinado.
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Cuando bajó al patio con aquel vestido verde limón y la cadena rozándole los pezones, supe que la firma del contrato sería lo último que harían mis manos esa tarde.
Compartían el mismo cuarto desde niñas y ella la espiaba dormir cada noche. Esa mañana, cuando su tía dejó caer la toalla frente al espejo, supo que ya no podría seguir fingiendo.
Se sentaba siempre al fondo, intocable, hasta que un beso en la mejilla agrietó su coraza. Jamás imaginé que la más reservada del aula terminaría temblando entre mis brazos.
Cuando ella corrió el seguro de la puerta y dejó caer la cazadora sobre la silla, supe que aquellas horas en el camastro angosto no las íbamos a pasar durmiendo.
Andrés se había ido del país y ellas dos quedaron solas en el apartamento. Esa noche, la ropa interior transparente de Camila cambió todo entre suegra y nuera.
Llevaba su pantaleta negra debajo del pantalón ajustado, caminando por la avenida más oscura de la ciudad, esperando a que alguien se animara a frenar a mi lado.
Solo quería esperar a que parara la lluvia. No imaginé que aquella desconocida de labios rojos terminaría enseñándome lo que era desear a otra mujer.
Bajó a recepción solo para preguntar por un sendero, pero se quedó mirando demasiado tiempo los ojos verdes de la chica del mostrador. Y la chica lo notó.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.
Llegué a la ciudad sin conocer a nadie y, esa misma tarde, una desconocida me ofreció una porción de pizza. Ninguna de las dos sabía adónde nos llevaría ese gesto.
Siempre presumió de que solo le gustaban los hombres. Esa tarde, frente a Lorena y dos consoladores sobre la mesa, entendió que llevaba años mintiéndose.
Pensé que sería un beso de pico, inocente, para reírnos. Pero su boca se quedó en la mía más de lo debido y supe que esa noche no íbamos a dormir como amigas.
Llegó a la cena creyendo que sería una velada tranquila entre amigas. No imaginaba que esa noche aprendería, en brazos de una desconocida, todo lo que su cuerpo había callado durante años.