Mi vecina me pidió que iniciara a su hija
Cuando Sofía cruzó la puerta de mi departamento, no sabía exactamente qué le esperaba. Su madre lo había planeado todo con semanas de anticipación.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Cuando Sofía cruzó la puerta de mi departamento, no sabía exactamente qué le esperaba. Su madre lo había planeado todo con semanas de anticipación.
Las chicas del equipo se habían ido a conocer la ciudad. Yo estaba sola en la habitación cuando llamaron a la puerta. Era él, con esa sonrisa que me ponía nerviosa desde el primer miércoles.
Reconocí el apellido en cuanto lo dijo. Dos años atrás había estado con su tía, y ahora ella me miraba con esos mismos ojos oscuros y esa boca pequeña.
Llevábamos meses con esa fantasía. Cuando el candidato no apareció, decidí ser yo el desconocido. Entré al café y me acerqué a mi esposa como si no la conociera de nada.
Llevábamos semanas hablando por chat antes de vernos. Cuando la reconocí desde lejos, con esa blusa ajustada y esa sonrisa cómplice, supe que algo iba a pasar.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
Mis amigas tardaban y él apareció sin que yo lo llamara. En diez minutos ya sabíamos los dos adónde íbamos a terminar.
Me llamó después de semanas de silencio para preguntarme si estaba solo. Media hora después estaba en mi puerta con un vestido floreado y algo que darme.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Caminaba sola bajo la lluvia con ropa pegada al cuerpo cuando él me vio desde la obra. Ninguno de los dos dijo mucho. No hizo falta.
Mi novio no apareció en la posada navideña. En cambio, su padrino —mi vecino de enfrente— me ofreció un trago, y esa copa de más lo cambió todo.
Nunca pagué por sexo, o eso creía. Esa noche en el solar abandonado aprendí que el deseo no pregunta antes de actuar.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
Entré en su habitación y lo encontré con los ojos llorosos. Iba a cancelar la visita de su novia por miedo a su primera vez. No pude dejarlo así.
Con diecinueve años y una vida entera entre colegios femeninos, aquella noche aprendí más de lo que podía imaginar.
Cuando ella apagó la luz y me dijo que hiciera lo que quisiera, entendí que esa noche iba a aprender todo lo que ningún compañero de curso me había podido enseñar.
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.