La mejor amiga de mi madre entró en mi cuarto
Vino a esperar a mi madre y se quedó en el umbral mirándome dormir. Yo no sabía que esa tarde dejaría de ser la chica que nunca había estado con una mujer.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Vino a esperar a mi madre y se quedó en el umbral mirándome dormir. Yo no sabía que esa tarde dejaría de ser la chica que nunca había estado con una mujer.
Acababa de mudarme y no conocía a nadie. Bruna fue la primera en hablarme; nunca imaginé que ella y su pareja tenían un plan para mí esa noche.
Eran las dos de la madrugada, la botella estaba casi vacía y ella seguía riéndose en mi sofá. Supe que ese era el momento que tanto había esperado.
«Tranquila, déjate llevar», me dijo en la puerta, y supe que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había mostrado jamás.
Tenía cuarenta y tantos, marido y dos hijos, y jamás había mirado a otra mujer. Esa noche, apoyada en la barra de un pub, todo lo que creía saber de mí se vino abajo.
Se sentó frente a mí en un bar casi vacío, me cogió las manos y me dijo que se me veía triste. Tres horas después yo estaba desnuda en su cama, y no quería irme.
Bajé por mi chaqueta para irme sin molestar. Entonces vi la mano de Daniela perdida bajo la ropa de Paula, y mis pies se negaron a moverse de aquella puerta.
Llegó del brazo de mi amigo, con esa boca de labios carnosos, y supe enseguida que esa noche, en mi cumpleaños, iba a ser mía aunque fuera la novia de otro.
Llevaba meses notando cómo me buscaba entre la gente durante el sermón. Ese domingo decidí seguirla hasta su casa y averiguar qué escondía esa mirada.
Marina sabía exactamente dónde tocar para que el cuerpo de Lucía dejara de obedecerle. Esa noche, en la penumbra del hotel, decidió averiguar hasta dónde llegaba su curiosidad.
Aceptó quedarse a dormir por ser el cumpleaños de su tía favorita. No imaginaba que esa noche dos mujeres habían planeado cada caricia con precisión.
Cada noche se acercaba a esa puerta para escuchar. Lo que no imaginaba era que pronto sería ella quien estuviera del otro lado, entregada por completo.
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
Carolina nunca le había contado a nadie lo que deseaba en secreto. Esa noche, con la casa para ellas dos, decidió que su cuñada sería la primera en escucharlo… y en algo más.
Aceptó la invitación para pagarle a su novio con la misma moneda y eligió al zombie de rasgos finos, sin imaginar lo que descubriría al quitarle el disfraz.
Llegamos haciendo rugir la moto para que todos miraran. Pero yo solo tenía ojos para la chica de la tienda de al lado y para lo que esa noche íbamos a compartir.
Cuando se echó a llorar en mi hombro y confesó que su marido ya no la tocaba, supe que esa tarde el masaje iba a terminar de una manera muy distinta.
Cruzaba la calle cada mes para hacerme la cera, sin imaginar que la chica de manos suaves estaba esperando la misma señal que yo.
Cada vez que la chica entraba a su casa, algo se encendía dentro de ella. Aquella tarde, por primera vez, no había nadie más para interrumpirlas.
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.