Mi primera vez anal terminó grabada en su celular
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
Al principio solo eran besos torpes y caricias sobre la ropa; después, él empezó a pedirme que me dejara mirar y mostrar cada vez más.
Fui a esa fiesta jurando que no haría nada, pero cuando me quedé sola con él supe que no iba a salir de ese cuarto con la boca limpia.
Pensé que había alquilado una habitación normal, hasta que descubrí qué clase de pareja dormía al otro lado del pasillo.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Cuando vi el tamaño de su verga en aquella habitación, entendí que esa noche no se parecería a ninguna de mis otras aventuras.
Tenía veintitrés años cuando me fui a pasar las vacaciones con la tía Renata, y una noche entendí por qué me miraba distinto desde la cena del domingo.
Cuando sacó aquel plug rosa de su cajón, entendí que mi curiosidad por el dolor iba a cruzar una línea que no podría olvidar.
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
No estaba lista para que me penetrara, pero cuando le bajé el cierre y lo vi duro frente a mí, supe que esa tarde iba a cruzar otro límite.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Cuando aceptó que yo la probara antes de su primera cita, supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando bajé del muro, él ya me esperaba con la polla en la mano y una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente lo que yo iba a hacer.
Entré para avisar que había llegado a clase y la encontré llorando bajo el agua; cuando me miró, su orden fue simple: —Sacate la ropa.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Nunca olvidé la tarde en que sus dedos dejaron las teclas, bajaron por mi vientre y me hicieron correrme sin dejar de dar la lección.
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Llevaba meses saludándome con amabilidad, pero esa mañana de calor descubrí en el reflejo de la nevera que no me miraba a los ojos.
La reserva prometía un masaje inolvidable. Lo que no decía el anuncio era que aquella tarde yo iba a descubrir un deseo que jamás me había atrevido a nombrar.