Mi primera vez fue en un salón vacío del último piso
Siempre fui la callada del salón. Nadie sospecharía que aquel viernes, mientras los pasillos quedaban en silencio, subí al tercer piso con Damián y dejé mi mochila sobre una banca.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Siempre fui la callada del salón. Nadie sospecharía que aquel viernes, mientras los pasillos quedaban en silencio, subí al tercer piso con Damián y dejé mi mochila sobre una banca.
Le pedí que palpara los músculos de mi cuello para estudiar anatomía. No esperaba que terminara la lección girándome la cara y besándome como si llevara años con esas ganas.
Cuando Camila salió del cuarto disfrazada de diabla con un tridente en la mano, supe que esa noche no íbamos a dormir vírgenes.
Reservé la habitación tres semanas antes. Cuando ella se mordió el labio en el rellano del segundo piso, supe que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Bajé del coche solo para recoger un paquete y ahí estaba él, el flaquito que me veía en bikini, ya hombre y mirándome como si todavía tuviera mil preguntas.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Mi madre me había mandado a pedirle un par de huevos. Doña Marisol abrió la puerta en bata, con el pelo todavía mojado, y se quedó mirándome de un modo que jamás olvidaría.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
En aquel banco del parque, con la chaqueta de Mateo sobre mis piernas, descubrí que la primera vez no se elige: te elige a ti.
Apareció en mi cuarto de descanso a las tres de la mañana, casada y peligrosa, y supe que esa noche iba a romperme la vida entera, una mirada después de otra.
Dijo que se sentía mareada y necesitaba ayuda. Cuando entré a su departamento y nos sentamos en el sleeping del suelo, descubrí que la presión no era lo único que le subía esa mañana.
Cuando los vi en la azotea, todo cambió. Mi primo me miraba desde la oscuridad y me preguntó algo que no esperaba escuchar esa noche.
Llevaba semanas fantaseando con ella desde que la conocí en redes. Cuando llegó a mi puerta con sus aceites de masaje, supe que esa noche sería diferente.
Nadie había tocado mi cuerpo así. Cuando sus manos rodearon mi cintura, el libro de texto dejó de existir y empezó otra cosa completamente distinta.
Estaba tumbado en el sofá esperando el sueño cuando escuché la puerta. Nunca imaginé que esa noche viviría mi primera experiencia con la última persona del mundo.
Viajábamos juntos pero dormíamos separados. Yo era demasiado cobarde para cruzar ese pasillo. Hasta que ella tocó mi puerta.
Cuando Valeria se calzó las sandalias doradas y me miró de esa manera, supe que ese día no iba a irme solo con un reloj.
Llevábamos meses esperándolo. Mis padres por fin saldrían, ella llegó con lencería azul oscuro y los dos temblando, y entonces el cuerpo decidió otra cosa.
Camila evitaba mirarme desde el otro lado de la piscina. Esa noche, cuando salí a tomar aire entre los naranjos, ella me siguió en la oscuridad sin que yo le pidiera nada.