La forastera de Adma escondía un secreto bajo su túnica
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.
Las sábanas seguían tibias, pero él ya no estaba. Lo seguí hasta el baño sin imaginar hasta dónde íbamos a llegar antes del desayuno.
Yo era la chica seria de la coleta y los apuntes bajo el brazo. Él tenía el doble de mi edad y una calma que me desarmaba cada vez que me miraba.
La tormenta de arena se llevó a toda la caravana. Solo quedó él, vagando entre dunas, hasta que una figura oscura apareció en el horizonte para salvarlo.
Cuando bajé a la cocina a las tres de la mañana, ella ya estaba allí esperándome, con un camisón tan fino que no dejaba nada a la imaginación.
Estaba boca arriba, las rodillas casi en la cara, su mano en mi tobillo. Y supe que esa noche por fin iba a dejar caer la última barrera.
Me gritó en el ascensor y diez minutos después me arrastraba a su piso. Yo era virgen, torpe y estaba aterrado; ella sabía muy bien lo que quería de mí.
Llevaba meses esperando este viaje. Quería que él fuera el primero en conocer a la mujer en la que me había convertido, costara lo que costara.
Llegué al templo medio muerta, convencida de que mi cuerpo era una maldición. Esa misma noche el sacerdote me susurró que en realidad era una elegida.
Me puse el vestido más corto que tenía, sin sujetador, y entré en su cuarto con una excusa tonta. Solo quería comprobar si aún podía poner nervioso a un hombre.
Bajé al baño de aquel cine de barrio creyendo que solo buscaba intimidad, pero esa tarde descubrí algo de mí que ya no pude dejar de perseguir.
Todos la odiaban antes de que volviera al barrio. Yo solo dibujaba sus tatuajes desde mi lado del muro, hasta que ella decidió cobrarme por ser su musa.
Tenía curiosidad y algo de miedo, pero cuando me arrodillé frente a él entendí que no iba a echarme atrás. Esa tarde aprendí algo nuevo sobre mí.
Esa mañana desperté con una idea fija en la cabeza, y por primera vez no la aparté. Lo que hice a solas todavía me cuesta confesarlo en voz alta.
Tenía veinte años y nunca había visto a un hombre desnudo cuando Mariela me llevó de la mano hasta la pared del fondo y susurró que mirara por la grieta.
Tenía veinticuatro años y creía conocer mi deseo, hasta que sus manos guiaron las mías sobre su piel aceitada y entendí que esa tarde nada volvería a ser igual.
Cuando la noté endurecerse contra mi muslo, supe que esa noche iba a cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
Llegué a su puerta con una mochila, sin familia y sin vuelta atrás. Él volvía del trabajo a las cinco y media, y yo solo quería ser la mujer que siempre supe que era.
Soy ciega y esa noche nadie sabía mi nombre. Hasta que un desconocido me tomó de la mano para cruzar la avenida y todo cambió.
La primera vez que lo desnudó para el baño, Amparo descubrió que la carne más frágil aún guardaba un fuego capaz de incendiar todos sus votos.