Mi recluso vino a convertirme en su travesti
Me arreglé como una diosa para pasar la noche frente a la cámara. Cuando sonó el timbre, no era el repartidor: era él, real y con todo el fin de semana por delante.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Me arreglé como una diosa para pasar la noche frente a la cámara. Cuando sonó el timbre, no era el repartidor: era él, real y con todo el fin de semana por delante.
Salí del agua temblando de frío y la vi acomodándose el bikini al sol. Ninguno de los dos sabía que esa mañana lo cambiaría todo entre nosotros.
La solicitud venía de un chico tímido, amigo de mi sobrino. Tardé semanas en contestarle y un mes en aceptar que quería tenerlo en mi cama.
Aquel viernes subió al coche una maleta y unas cajas que no entendí. Dentro no había trabajo: estaba el regalo que por fin me dejaría ser quien siempre fui.
Aquella tarde no planeábamos nada. Pero cuando se bajó el pantalón frente a mí, supe que iba a probar algo que nunca había probado.
Le mostró su teléfono con las manos temblando. No era un mensaje de otro chico: era una lista de búsquedas que confesaba todo lo que llevaba años callando.
Siempre tuve una fijación rara. Esa tarde decidí que mi mejor amigo iba a ser el primero en obedecerme, de rodillas y sin nada que esconder.
Carmen lo había planeado todo: las duchas del sótano, las parejas nerviosas y una sola regla, que nadie se quedara mirando desde fuera.
Solo iba a mirar. Eso me dije al entrar al estudio. Pero la cámara seguía disparando y, sin darme cuenta, ya estaba desnuda entre los dos.
Llevábamos seis meses saliendo como amigos, sin atrevernos a nada. Esa noche, mientras girábamos la botella, entendí que ellas querían mucho más que nuestra compañía.
Tumbadas al sol después de lo que acababa de pasar, oíamos cómo se reían de él por no haberse atrevido. Y eso fue justo lo que nos hizo levantarnos.
«Cuidado con lo que deseas», dicen. Yo lo deseé tanto que una noche, en la penumbra de una sala vacía, una desconocida me enseñó lo que llevaba años fingiendo no querer.
Cuando se mudó al apartamento de enfrente no imaginé que una tarde, mientras su hijo dormía, su mano subiría por mi muslo y yo separaría las piernas sin pensarlo.
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Nunca pensé que unas manos de mujer pudieran tocarme así. Cuando mi patrona me ofreció un masaje, no supe que estaba abriendo una puerta que ya no querría cerrar.
Cuando le tomó los pies entre las manos y empezó a masajearlos, supo que esa noche, con suficiente vino, la esposa de su tío terminaría entregándose a ella.
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.
Podía oír sus risas a través de la pared. Me acerqué a la puerta entornada y lo que vi me cortó la respiración: mis dos mejores amigas, medio desnudas, mirándose.
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.