Mi primer cruising: un desconocido y su polla imposible
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Cuando me dijo que nunca había visto una verga, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma mujer.
Lo vi detenerse junto al banco para atarse el cordón, y en segundos dejé de pensar como un corredor para empezar a mirar como un hombre excitado.
Subí solo para encontrar un baño libre, pero la invitada que me guió cerró la puerta y me miró como si ya hubiera decidido qué iba a hacer conmigo.
Cuando me dijo que quería practicar conmigo antes de ir a un taller, supe que aquella noche no iba a parecerse a ninguna otra.
Primero fue una provocación en la cocina; horas después, me metí en su cama decidida a enseñarle con la lengua y las manos todo lo que su marido nunca supo hacer.
Fui al hotel creyendo que me humillaría con un vídeo; no imaginé que acabaría temblando bajo las manos de la mujer que podía arruinarme.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Temblaba frente a la cruz sin saber si iba a huir o a abrir más las piernas cuando su voz grave me ordenó obedecer.
Ella solo quería perder el miedo, pero cada foto y cada orden la empujaron a una iniciación anal que no iba a olvidar.
Cerré las persianas, me miré desnuda en el espejo y respiré hondo. Nunca me había tocado, pero esa tarde el único plan era descubrir mi cuerpo.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Acepté por morbo, por nervios y por no echarme atrás; cuando me arrodillé frente a él, ya no había forma de fingir inocencia.
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Fui a desahogarme a su casa como siempre, pero un beso impulsivo terminó con mi mejor amigo temblando frente a mí, listo para aprenderlo todo.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
Cuando me invitó a cenar aún no sabía que iba a acabar desnuda en su sofá, con su boca entre mis piernas, descubriendo lo que llevaba años negándome.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Empezó con roces en el patio y miradas largas; terminó contra la barda, con su respiración rota y mis manos donde ya no había vuelta atrás.