Camila cumplió diecinueve y me esperó en su cuarto
Subimos a su habitación con el corazón a mil, sabiendo que sus padres dormían al otro lado del pasillo y que cualquier ruido podía arruinarlo todo.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Subimos a su habitación con el corazón a mil, sabiendo que sus padres dormían al otro lado del pasillo y que cualquier ruido podía arruinarlo todo.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Cuando empecé a dormirme en el sillón, sentí su mano subiendo por mi muslo. Levanté la cabeza y Camila me miraba con una sonrisa que no le conocía todavía.
Decía que ya lo había intentado en una fiesta pero le dolió y se detuvo. Esa tarde, en el motel, me confesó que en realidad nunca había estado con un hombre.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Llevábamos cuatro meses viéndonos por cámara. Esa noche de diciembre, por fin estaba frente a mí en carne y hueso, dentro de una habitación que olía a lo que iba a pasar.
Creía que la casa de al lado llevaba meses vacía. Cuando la luz del estudio se encendió una noche, descubrí que llevaba semanas siendo el espectáculo de alguien.
Entró al confesionario a hablar de sus sueños. Cuando salió de la sacristía, ya no era la misma. Tenía dieciocho años y acababa de descubrir lo que su cuerpo llevaba meses pidiéndole.
El profesor frenó bajo los árboles y metió la mano bajo mi falda. Era la primera vez que alguien me tocaba así, y no quise que parara.
Llevaba meses sin verla. Cuando la vi en la entrada del restaurante con su barriga redonda y esos ojos oscuros, entendí que me seguía gustando tanto como antes, quizás más.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
Andrés me abrió la puerta con esa sonrisa que me desarmaba. Sofía no estaba. Yo tampoco había ido por ella.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Nunca había entrado a un sitio así. Pero esas piernas, esa sonrisa pícara, esa puerta de metal... algo me dijo que esta vez tenía que seguir.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Cuando se acercó a la piscina esa tarde y me preguntó si alguna vez había estado con una mujer, supe que ese verano iba a ser diferente.