Mi profesora del taller me esperó en el aula vacía
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Cinco años entrenando y nunca había competido. Esa última tarde, cuando su entrenadora se sentó a horcajadas sobre ella, supo que no eran los nervios lo que la hacía temblar.
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, aunque finjas que no. Y sabiendo también la forma exacta en que tu cuerpo respondía cuando creías que nadie miraba.
No quité los ojos de ella cuando se acercó a la cama. Sabía que lo que iba a pasar no debía pasar, y aun así dejé que se sentara sobre mis piernas.
La hermana del novio me esperaba cada noche, pero la verdadera sorpresa llegó cuando mi amigo me pidió un favor que ninguno de los dos olvidaría.
Cuando entré en aquel cuarto y las vi a las dos juntas, tardé un segundo en distinguir cuál era mi esposa y cuál la desconocida que había pagado por ella.
Idénticas hasta en el último gesto, esa noche cada una sedujo al novio de su hermana. Ellos jamás lo notaron, y el morbo de la farsa las cambió para siempre.
Cuando me contó que había negociado mi precio sentado en la barra, debí indignarme. En cambio sentí que el coño me temblaba imaginando la escena.
Solté lo del trío para callarlo, convencida de que retrocedería. En vez de eso, Adrián convirtió mi farol en una misión, y yo empecé a temblar cada vez que lo mencionaba.
Amo a mi esposa y sé que ella me ama. Por eso nunca entendí por qué la idea de verla entregarse a otro hombre se volvió la fantasía que no podía sacarme de la cabeza.
Acepté por él, porque era su fantasía. Pero cuando las manos de los dos me recorrieron a la vez, aquello dejó de ser solo suyo y se volvió mío.
Su marido solo tenía ojos para el escote de la otra. Marina y yo nos miramos desde el otro extremo del salón y, sin decir nada, ya nos lo habíamos dicho todo.
Acepté la cena sabiendo cómo terminaría. Lo que él no sabía era que cada caricia en la penumbra formaba parte de un plan que tracé antes de desnudarme.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Nando me dejó las bragas enrolladas en un tobillo y, mientras Bruno me sujetaba contra el sofá, entendí que esa noche yo era la mercancía que ambos querían estrenar.
Esperaba gritos, quizás el final de todo. En cambio, él le tendió una copa de vino y le pidió que se lo contara todo, sin omitir un solo detalle.
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.