Mi vecino sabía que estaba sola y tocó el timbre
Dos copas de vino, una bata de seda y el timbre a las diez de la noche. Era Ernesto, y esa mirada suya decía que no venía a pedir azúcar.
Dos copas de vino, una bata de seda y el timbre a las diez de la noche. Era Ernesto, y esa mirada suya decía que no venía a pedir azúcar.
Se metió en mi cama con el camisón subido hasta la cintura. Dijo que era para hablar. Pero cuando encontró lo que había debajo de la sábana, todo cambió.
Claudia se creía una madre respetable, religiosa, fiel. Pero aquella tarde, arrodillada frente a su propio hijo, entendió que no podía seguir ignorando algo oscuro en ella.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Cuando entró a mi cuarto esa noche, sin nada encima, supe que no era solo por el miedo a los truenos. Mi madre lo sabía todo. Y yo lo sabía también.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Cuando ella apagó la luz y me dijo que hiciera lo que quisiera, entendí que esa noche iba a aprender todo lo que ningún compañero de curso me había podido enseñar.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.
Andrés se fue al trabajo y yo bajé a la cocina sin ropa. Marcela estaba en la ventana con una taza de café y me miró de una forma que no era exactamente materna.
Cuando entré por esa puerta con mi padre, no sabía qué esperar. Cuando salí, una hora después, ya no era el mismo chico que había entrado.
Ese verano alquilamos la casita de siempre y ella bajó del coche con una sonrisa nueva. Mi prima. Prohibida. Y sin embargo, todo lo que quería.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Cuando lo vi roto por esa chica, supe que yo tenía lo que necesitaba. No calculé el precio que iba a pagar por eso.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Cuando sonó el timbre supe que no podía echarme atrás. Llevaba meses preparándome para ese momento, pero nada me había preparado de verdad.