Mi primera vez con un hombre fue por dinero
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
Hui de mi ciudad para convertirme en quien soy. Volví de visita y, en un bar sin nombre, dejé que un desconocido subiera la mano por mi muslo hasta toparse con lo que no esperaba.
Su publicación en la app de libros decía «busco una baby». Respondí sin pensar y, durante casi un año, aprendí a obedecer cada palabra suya por videollamada.
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
Cuando abrió el cajón de mi lencería y me miró la entrepierna, supe que aquella tarde de chicas no iba a terminar con la ropa puesta.
Llevaba semanas observándola entrenar. Esa tarde la seguí hasta el vestuario sin saber qué iba a pasar, pero sabía que ella también me había estado esperando.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.
Lo esperé desnudo bajo una bata, sentado en el sillón, oyendo cómo se acercaba su carro. Cuando abrió la puerta, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
Cuando subí a su auto esa noche, él buscaba a la mujer de las fotos. No sabía que esa mujer era yo, su empleado más responsable de la oficina.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
Entré a la ducha de empleados como cada noche, sin imaginar que alguien abriría la puerta y descubriría el cuerpo que las hormonas me regalaban poco a poco.
Tenía veintiún años y nunca había mirado a otro hombre así. Aquella tarde, en el chalet de Joaquín, descubrí que el deseo no avisa antes de aparecer.