Me cité con una trans extranjera en su hotel
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Cuando él la miró por segunda vez esa noche, supe que la cena no iba a terminar en el comedor, y que mi esposa tampoco quería que terminara ahí.
Cuando me arrodillé frente a él y empecé a recitar mis pecados, su mano se posó sobre mi hombro con una calma que no tenía nada de pastoral.
Pedí un whisky para olvidar el día y me serví unos ojos verdes con la copa. Cuarenta minutos después, los dedos de la camarera me cubrían los ojos por detrás.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Cuando subió al coche y me sonrió, supe que esa noche no íbamos a poder llegar a ningún sitio decente. Tenía que ser nuestra, aunque fuera en un camino de tierra entre almendros.
Me arreglé como una diosa, cociné para él y dejé que me mirara toda la semana. El viernes bajé en lencería, dispuesta a que lo descubriera todo.
Cuando me escribió que necesitaba una acomodadita, me reí. Tres días después estaba subiendo a su carro con la cadera dolorida y el corazón saliéndose.
Tenía dieciocho años, era mi primer trabajo y nunca había besado a otra chica. Hasta esa tarde de tormenta en la que ella entró chorreando agua.
Subieron al cuarto del panadero a tomar cerveza, pero el olor a sudor seco les hizo bajarse los pantalones antes de saber muy bien por qué.
Cuando la sentí inclinarse en la oscuridad, creía que las pastillas me habían noqueado. No sabía que yo nunca las tomé y llevaba el día entero esperándola.
Le pedí a mi mujer que cumpliera la fantasía que llevaba años imaginando. No esperaba sentir orgullo en lugar de celos cuando otro hombre la tocó por primera vez.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Mi mujer volvió de aquella visita con un brillo distinto en los ojos. Su prima fue la única testigo, y tardó meses en contarme lo que de verdad ocurrió.
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Cuando Carla se levantó del sofá, vino hasta mí y me besó, supe que la sesión de pareja iba a acabar con su marido sentado en la butaca aprendiendo a esperar.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.
Llevábamos cuatro años de familia perfecta hasta que ella sacó la botella escondida, la lencería nueva y esa mirada que jamás le había visto cruzar mi cara.
Su voz en los audios ya me tenía duro antes de tocar el timbre. Lo que no sabía era que iba a salir de ese departamento siendo otro hombre.