El mejor amigo de papá llegó antes esa tarde
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Su mensaje apareció después de meses de silencio. Tres palabras bastaron para que todo lo que había fantaseado volviera de golpe.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
Sé que estoy soñando, pero el calor de sus manos en mi piel es demasiado real para ignorarlo. Y no quiero despertar todavía.
Cuando lo llamé para arreglar la chimenea, yo ya sabía que algo iba a pasar. Me lo dijo el calor en el pecho cada vez que sus ojos se detenían en mí.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Cuando abrí la puerta vestida con la blusa de botones y los tacones, supe que esa mañana de invierno no iba a ser una clase cualquiera, sino una rendición pactada con él.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Renata tenía un vestido casi transparente por el sudor y una sonrisa que no era de descanso. Nadie sabía bailar. Esa noche no importó.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
Despues de meses separados, una noche basto para recordar por que nunca habia dejado de desearlo.
Llevaba media hora escuchándole renegar con sus compañeros de equipo. Las ganas de distraerle me pudieron, y me saqué la ropa sin hacer ruido.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Cuando bajé a por agua a esa hora absurda de la madrugada, ella sostenía la taza con la punta de los dedos y me miraba como si supiera lo que iba a pasar.
Rodrigo la convenció de darse la vuelta. Era solo un momento, decía. Marcos llevaba años mirándola así y Sandra no lo había visto hasta ahora.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.