La voz del tallerista que me obsesionó por meses
Empecé a tocarme cada vez que oía su voz en el taller a distancia. Nunca imaginé que meses después abriría la sala de juntas y los encontraría a los dos.
Empecé a tocarme cada vez que oía su voz en el taller a distancia. Nunca imaginé que meses después abriría la sala de juntas y los encontraría a los dos.
Subí las escaleras detrás de ella con la mirada clavada en su falda, sin imaginar que esa noche no sería yo quien tomara las decisiones.
Pasaste el hielo por tus labios, por tus pechos, sintiendo cómo se derretía. Y entonces giraste la cabeza y me viste entre los matorrales. No te asustaste. Sonreíste.
Tenía diecinueve años, venía de pueblo y jamás había pensado en otro tío. Hasta que aquel ejecutivo se arrimó a mi codo en el vagón lleno y me sonrió.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
Me sirvió la cena, el postre y el coñac. A las once volvió del cuarto con una lencería gris. A esa altura, su promesa de llegar virgen al altar ya tenía un detalle pendiente.
Llevaba semanas buscando algo distinto en la app cuando apareció su perfil: cincuenta y tantos, frase corta, mirada directa. Su casa estaba a ocho minutos caminando.
Llegué a la plaza esperando un café cordial con la mujer que me enseñó a leer poemas a los diecisiete. Lo que pasó después no estaba en ningún libro.
Llevaba meses sospechando algo entre ellos. Esa madrugada, después del último trago, descubrí que mi instinto no me había engañado en absoluto.
Cuando llegué al claro, Iker ya me esperaba apoyado en la piedra, con esa sonrisa nerviosa que solo me dedicaba a mí cuando estábamos solos.
A las once del lunes, el catamarán pitó tres veces y mi novia me apretó la mano. Lo que vino después nunca pensé verlo desde tan cerca, ni mucho menos protagonizarlo.
Cuando me dijo que se parecía a la cantante del mostrador al disfrazarse, su madre sonrió y yo entendí que aquello no iba a quedarse en una broma.
Me pidió por mensaje que me pusiera solo una gabardina y bajara al taxi. No sabía que el vibrador en mi bolsillo lo iba a manejar ella desde el asiento de atrás.
Estaba amamantando a la bebé cuando ella entró, se sentó en el suelo y me preguntó si alguna vez yo le había dado pecho. No supe cómo contestarle.
Cuando vibra el teléfono a las cuatro de la madrugada sé que es él, que ningún otro lo quiso esta noche y que va a pagar lo que sea con tal de que aparezca.
Llevaba años conociéndolo y nunca había pasado nada entre nosotros, hasta esa tarde en el parque, cuando me miró distinto y todo empezó a cambiar muy despacio.
Tenía veintiún años y era la hija de la pareja de mi mejor amiga. Yo le enseñaba ecuaciones; ella me enseñaba a no preguntar dónde había estado las noches que no aparecía.
Me desperté antes que ella, dejé que el agua corriera y, cuando me di vuelta, Camila estaba ahí, descalza, con el pelo revuelto y esa sonrisa.
Esa tarde de otoño, cuando los dedos del príncipe rozaron los del leñador junto a la pila de leña caída, ninguno imaginó hasta dónde llegaría aquel calor.
Lo vi tocar el bajo tres semanas seguidas antes de hablarle. Cuando entramos a la sala VIP y se cerró la puerta, supe que no se iba a casa sin probarme.