Mi novio nos miraba por las cámaras esa noche
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Domingo, visita familiar a casa de la sobrina. Yo cuarenta y nueve, él treinta. Me bastó con verle la hebilla del cinturón para que la tarde dejara de pertenecerme.
Me maquilló, me eligió el vestido más corto del armario y me soltó en la pista. No imaginé que terminaría rodeada de manos extrañas hasta el amanecer.
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Cuando dejé caer la cabeza sobre su almohada, no imaginé que sus dedos rozarían mi piel ni que sus labios encontrarían los míos en la oscuridad.
Doña Marisol subió a mi cuarto a echarme la bronca. Cuando tropezó al levantarse de la cama, su mano fue a parar justo donde no debía haber caído jamás.
Siempre fui yo la que dejaba que él mirara. Aquella tarde le di la vuelta al juego: lo senté en el sillón y dejé que mi mejor amiga le hiciera lo que él imaginaba.
Hay un secreto que guardo desde aquella noche que él me desnudó despacio y me devolvió un cuerpo que yo creía dormido para siempre.
Cuando abrí la puerta, tenía un lado de la cara sucio y la otra mitad limpia. Subió las cejas, sonrió y dijo que su jefe lo mandaba a hacer unos arreglos.
Vivíamos a mil kilómetros y no nos habíamos visto nunca en persona, pero aquella tarde de domingo descubrí que la distancia no apaga nada cuando el deseo decide encenderse.
Cuando baja a desayunar en camiseta y bragas, me derrito por dentro y sé que este fin de semana en la casa de campo será el último en que pueda callarme.
Diana se fue con el primer vuelo, Renata apareció con un maletín y Mariela me sirvió un café sabiendo que la miraba como nunca debí mirarla.
Mi sobrina se metió en mi cama con una propuesta indecente, y no imaginé que mi hijo estaría espiándonos desde la puerta del pasillo.
Aquella tarde, sentada frente a mí, Mariela dejó de hablar de sus problemas y empezó a desabrocharse la blusa con una calma que me heló la respiración.
Mi padre me enseñó que los monstruos se quedan en el armario si no abres la puerta. Lo que nunca le confesé es cuánto deseo que el mío se atreva a salir.
Aquella tarde, mientras Sofía se probaba lencería frente al espejo, mi marido y yo descubrimos que llevábamos meses sin mirarnos así.
Bajo el hábito austero llevaba un secreto de encaje negro. Y cada vez que él llegaba con las provisiones, ese secreto la quemaba un poco más.
Aguanté toda la jornada con la costura del pantalón clavada entre los labios, pensando en lo que me dijiste al llegar. Esta noche no pienso aguantarme más.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.