Mi primera vez exhibida en el sendero de la montaña
Subimos al amanecer con la cámara y una idea atrevida. No esperaba que dos extraños aparecieran justo cuando empezaba a soltarme entre los pinos.
Subimos al amanecer con la cámara y una idea atrevida. No esperaba que dos extraños aparecieran justo cuando empezaba a soltarme entre los pinos.
La chimenea encendida, el champán perdiendo su frío y yo en bragas frente al fuego. Esperaba a Helena, recién duchada, oliendo a perfume y promesas.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Le hice señas para que esperara unos minutos. Él no esperó. Cuando entró, yo seguía hablando del cardiólogo con mi hermana, y mi voz salió igual de tranquila.
Apenas me abrió la puerta me besó, sin preámbulos, sin que importara que yo tuviera novio esperándome en casa dos horas más tarde.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Mi hija dejó la copa, se quitó los leotardos en el sofá y me miró con una sonrisa que no le había visto en diez años. Fuera, la primera nevada del invierno cuajaba en el ático.
Llevaba dos semanas espiándola desde mi cocina cuando la tormenta sacudió el edificio. A las once llamó a mi puerta con el camisón blanco y los ojos muy abiertos.
Cuando abrí esa carpeta vieja en su computadora, no imaginé que una foto de ella iba a ser el principio de mi propia traición.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Te juro que cuando subí al avión solo pensaba en cerrar el negocio. No imaginé que esa noche me iba a perder a mí misma y a nosotros.
Llevaba cinco años esperando a mi marido y esa noche, con el amante de mi cuñada frente a mí, descubrí que mi cuerpo ya no aguantaba más silencio.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Subí por las escaleras y vi la ventana del baño entreabierta, con el vapor escapando. No debí acercarme, pero el sonido del agua y mi curiosidad pudieron más.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Su mensaje me llegó un martes a las cuatro de la tarde: «mi novio se fue, necesito salir». La hermana de mi mejor amigo me esperaba con ganas.