Mi vecina llevaba veinte años sin sentir nada
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
La idea era simple y enferma a la vez: elegir a un extraño, dejar que mirara, y disfrutar de cada segundo sabiendo que del otro lado había unos ojos pendientes de mí.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
Cuando su novio se fue a dormir temprano por el fútbol, ella se quedó conmigo. Solo quería seguir la fiesta, hasta que sacamos la baraja.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
Beata, virgen y sola a los cuarenta, Amparo solo quería que le arreglaran la chimenea. Su cuñado tenía otra idea, y esta vez no pensaba aceptar un no.
Solo quería sol y silencio. No buscaba a nadie, y menos a un hombre que me esperó en la orilla únicamente para decirme que no pensaba dejarme ir.
Frente al hospital, un desconocido dejó caer una tarjeta y una frase que Catalina jamás olvidó: su criatura llegaría al mundo para convertirse en otra persona.
Yo era el trofeo de un hombre de sesenta y cinco años. Esa noche, su sobrino me miró como si supiera exactamente lo que yo era, y no se equivocaba.
Me quedé sola con él fingiendo un malestar que no tenía. Sabía lo que pasaría en cuanto mi hermana cruzara la tranquera y me dejara a solas con su marido.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Subí a tomar aire porque no aguantaba el calor. Escuché sus pasos en la escalera y supe, antes de voltearme, que esa noche no iba a poder dormir.
Creí que esa noche él marcaría el ritmo, como siempre. No imaginaba que terminaría siendo yo quien decidiera cuándo, cómo y cuánto.
Sabía que mi hermana deseaba lo mismo que yo cada vez que le contaba mis historias. Esa tarde, junto a la pileta, dejé de contárselas para mostrárselas.
Llegó al tribunal segura de que su nombre era apenas una casilla a completar. Nadie esperaba que el juez la mirara como se mira a alguien que se desea de verdad.
Habíamos hablado durante semanas detrás de una pantalla. Esa tarde, por primera vez, no había cámara entre nosotros: solo ella, mi cuarto y la puerta cerrada.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Cuando se inclinó para corregirme la postura, el corpiño deportivo dejó de cumplir su función y supe que el entrenamiento se iba a desviar muy rápido.
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.