Cuánto darías por verme así en tu ausencia
Apoyé el vientre sobre la almohada, dos juguetes clavados en mí y tu nombre en la boca. Esto es lo que hago las noches en que tu lado de la cama se queda frío.
Apoyé el vientre sobre la almohada, dos juguetes clavados en mí y tu nombre en la boca. Esto es lo que hago las noches en que tu lado de la cama se queda frío.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Cuando bajé sus maletas y ella se agachó delante de mí sin el menor pudor, supe que aquellos días bajo mi techo no iban a salir como yo los había imaginado.
Cuando él tomó mi mano para llevarme al ascensor, un calor que no debía sentir me subió por el vientre. Era la persona en la que más confiaba en el mundo, y esa noche todo se rompió.
Subí cuatro pisos con las manos sudadas y el corazón disparado. Cuando ella abrió la puerta en lencería, supe que esa tarde no habría vuelta atrás.
Volví del hospital con el brazo enyesado y una idea que no me dejaba dormir. Esa madrugada entré al baño, y mi madre apareció en la puerta justo cuando creía estar solo.
Eran las seis y cuarenta. Ella miró su reloj, me pidió que me detuviera junto al callejón y, antes de que pudiera preguntar nada, ya me estaba besando.
Le escribí en broma que durmiera conmigo esa noche. No imaginé que, pasadas las doce, la puerta de mi habitación se abriría de verdad.
Llevaba semanas fingiendo que no lo miraba. Esa noche, con dos copas de más y la casa vacía, dejé de fingir y bajé las escaleras buscándolo a él.
Cuando la chica se inclinó para servirle otro vaso, la pollera azul se le subió y Beatriz supo que esa noche no iba a dormir.
Llevaba años evitando mirarla, pero esa tarde, con el camisón pegado al cuerpo y los dos solos en su casa, supe que ya no iba a poder fingir que era solo mi tía.
Cuando salió del cuarto de mi hijo cubierta solo con su camisa, supe que esa tarde no iba a comportarme como la madre que todos esperaban.
Bajó la mirada, respiró hondo y empezó a hablar. En cinco minutos entendí que todo lo que creía saber sobre mi familia era mentira.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
Con el maquillaje corrido por el llanto, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba, decidida a que lo que sentíamos dejara por fin de ser un secreto.
Le dije que solo quería practicar unas fotos. Era mentira. Lo que buscaba era que me mirara de una vez como yo llevaba semanas mirándolo a él.
Estaba a cuatro patas, temblando, con el culo en pompa y mi propia verga goteando sola. Él apenas había metido la punta y yo ya suplicaba que me rompiera entero.
Cuando Valeria me dijo que sus tres primas me esperaban para celebrar, no imaginé que la celebración consistía en averiguar si yo servía para algo más que llevarles las cuentas.
Yo solo quería volver a mi cuarto, pero cuando mi tía sonrió y dijo que jugáramos «como antes», entendí que esa tarde de domingo iba a cambiarlo todo.