La puerta del cuarto de Camila estaba entreabierta
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.
Llevaba puesto mi vestido favorito el día que esos dos hombres entendieron, sin que yo dijera una palabra, exactamente lo que estaba dispuesta a darles.
Llevaba catorce años con mi marido y jamás le había mentido. Hasta que el cliente del que más le hablaba en la cama llamó al timbre de mi casa.
Las luces estaban listas, la cámara encendida y mis cinco amigas me miraban en silencio, esperando ver hasta dónde me animaba a llegar yo sola.
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Cuando Diego cerró la puerta de la furgoneta y desapareció hacia las luces del supermercado, supe que tenía media hora para hacer todo lo que llevaba meses imaginando.
Camila evitaba mirarme desde el otro lado de la piscina. Esa noche, cuando salí a tomar aire entre los naranjos, ella me siguió en la oscuridad sin que yo le pidiera nada.
Cuando Camila puso el segundo tequila en mi mano, supe que algo iba a romperse esa noche. No imaginé que sería todo lo que creía saber sobre nosotras dos.
Cuando las luces se apagaron en la planta 22 y supe que íbamos a estar horas a solas con él, no imaginé hasta dónde sería capaz de llegar.
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Me hizo subir a su cuarto en silencio y, minutos después, entró agarrada de la mano de un hombre veinte años mayor que ella.
Le devolví la mirada con la nota en el bolsillo, sin saber todavía que esa misma tarde iba a marcar su número y descubrir hasta dónde llegaba su oferta.
Me planté frente a ella con el pans gris sin nada debajo, sabiendo que el bulto se marcaba demasiado como para parecer un descuido inocente.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.