Lo acompañé a buscar apuntes y caí en su trampa
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
Me había puesto la pollerita corta porque él me lo pidió por mensaje. Ninguno imaginaba que esa noche íbamos a terminar siendo cuatro en aquel sillón.
La puerta estaba abierta. Entré por curiosidad y la vi bajar las escaleras con el vestido a medio poner, la cara roja y algo que no esperaba escondido entre las piernas.
Cuando bajó por otro batido, la persona que le devolvió el espejo ya no se llamaba como él. Y, por primera vez, le gustó lo que vio.
Apoyada contra la columna, oí los tacones acercarse por el subsuelo vacío. Esa vez supe que no era yo quien iba a poner las reglas del encuentro.
Marqué cuatro anuncios con bolígrafo rojo, pero solo una voz al teléfono sonaba como si fuera a quedarse conmigo hasta el amanecer.
Me dijo que llegaría tarde, pero al abrir la puerta del baño la luz de las velas me reveló su engaño favorito: estaba desnuda esperándome.
Ese chico de veintipocos años no apartaba los ojos de mi escote, y yo, con cuarenta y tantos cumplidos, fingí no darme cuenta. Hasta que coincidimos frente al baño.
Camila levantó los ojos del libro por encima de unas gafas que me dejaron sin aire. No imaginé entonces que aquella mesa libre cambiaría mi historia.
Me miró de arriba abajo en el umbral, bajo la lluvia, y antes de dejarme pasar pronunció un nombre que nunca había sido mío. Esa noche aprendí a responder a él.
Cuatro hombres, un sobre grueso sobre la mesa y yo decidiendo a cuál llamaba primero. Mi regla siempre fue la misma: yo elijo, yo marco el ritmo y yo me voy cuando se me da la gana.
La app marcó su ubicación a cuatro edificios de la mía. Bajo las bermudas, el bikini blanco de mi hermana. Una hora, su marido en el bar, la puerta abierta.
Dijo que se sentía mareada y necesitaba ayuda. Cuando entré a su departamento y nos sentamos en el sleeping del suelo, descubrí que la presión no era lo único que le subía esa mañana.
Detrás del antifaz veneciano había una chica perdida. Solo una desconocida del chat lo vio, y una madrugada cualquiera apareció en su puerta.
Apareció en mi cuarto de descanso a las tres de la mañana, casada y peligrosa, y supe que esa noche iba a romperme la vida entera, una mirada después de otra.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.
Llevaba el uniforme del colegio cuando me agaché por primera vez en la tienda del barrio. Al levantarme, supe que él ya no podría volver a mirarme igual.
Llegó al instituto con la carta de expulsión de su hijo en el bolso. Salió con las rodillas temblando y un secreto que no iba a poder contarle a su marido.
Aquella noche, cabeza con pies en la cama de plaza y media, mi mano subió por su muslo y la de él por el mío. Veinte años después aún no terminamos lo que empezamos.
Cuando él se tambaleó contra mí en aquel autobús abarrotado, sentí algo que no debía sentir. Desde ese día no he podido pensar en otra cosa.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.