Mi alumna llamó a mi puerta la última noche en Praga
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
Acomodé el celular escondido detrás de un libro y abrí la cámara. Sebastián no sospechó que dos pares de ojos más miraban cómo me quitaba la ropa frente a él.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
Llevábamos meses follando con la regla de que él era hetero. Esa noche, con mi plan en pausa, me miró callado y supe que algo estaba a punto de romperse.
Entró en el probador frente a mí con siete bikinis. La cortina no llegó a cerrar del todo, y a partir del tercero ella supo que la estaba mirando.
Le tendió un maillot nuevo, idéntico al suyo, y le dijo que solo tenía que dejarse hacer. Cruzar esa puerta cambiaría para siempre lo que creía desear.
Mi madre quería tranquilidad; yo solo quería que algo pasara. Y aquella tarde, entre las rocas, cuatro miradas se clavaron en mí y supe que el verano no iba a ser tranquilo.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
Me puse la falda roja, los tacones y salí a bailar entre miradas incómodas. No buscaba a nadie. Pero él cruzó la pista con paso seguro y me tendió la mano.
Su mano subió por mi muslo y se metió bajo mi ropa interior. Esperaba encontrar lo que tantas veces había imaginado, pero lo que toqué me dejó sin aliento.
Tenía veintidós años y una app llena de mensajes, pero solo una verga me interesó esa madrugada. Bajé al estacionamiento sin decirle mi nombre y sin pensar en volver atrás.
Siempre fui un hombre de fútbol y conquistas, hasta que la primera tanga rozó mi piel depilada y entendí que ya no había vuelta atrás.
Tengo treinta y dos años, un marido que casi no me toca y la cabeza llena de fantasías. Aquella tarde decidí que el siguiente desconocido que pudiera tocarme iba a tocarme.
Cuando entré con las maletas, mi padre me sirvió una copa sin preguntar. A las dos de la mañana seguíamos en la cocina, y nadie quería ser el primero en subir.
Llevaba años imaginándola con otro hombre, pero verla obedecer a un desconocido en mi propio sofá fue una cosa para la que no estaba preparado.
Pensé que sería una sola tarde y un solo desconocido. No imaginé que cada uno me enseñaría algo distinto, ni que el tercero me dejaría sin voz durante dos días.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Compré una peluca rosa y un vestido que se me pegaba al cuerpo solo para verle la cara cuando abriera la puerta del hotel. No me decepcionó.