La travesti que se rindió por primera vez
Lo espié desde la puerta entreabierta del baño, desnudo sobre la cama redonda, y supe que esa noche mi cuerpo iba a aprender algo que ya no podría olvidar.
Lo espié desde la puerta entreabierta del baño, desnudo sobre la cama redonda, y supe que esa noche mi cuerpo iba a aprender algo que ya no podría olvidar.
Llevaba dos años deseándolo en silencio. Esa madrugada, después de la graduación, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y supe que ya no había vuelta atrás.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Cuando llegué al restaurante con mi vestido negro y mi conjunto de encaje debajo, ya sabía que no iba a salir de ahí siendo la esposa fiel que pretendía ser.
Cuando se acercó para mirar mi vestido azul, sentí su aliento en el cuello y, por un segundo eterno, no supe si lo que quería era apartarme o dejar que sus labios encontraran los míos.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
No subí a ese hotel pensando que sería yo quien terminaría en cuatro, pidiéndole que no parara. Pero ella sabía exactamente lo que yo no me atrevía a admitir.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Eran las dos de la mañana, estaba aburrida y caliente, y bajé al lobby del juego sin esperar nada. Entonces vi su avatar inclinarse hacia el mío.
Llevaba meses fingiendo que los hombres ya no me interesaban. Bastó una voz al teléfono y la promesa de un regalo para que cayera otra vez.
Eran las once y ya no podía concentrarme. Abrí la app sin esperanza, pero treinta minutos después caminaba hacia su edificio con una caja de forros en el bolsillo.
Marpesa había gobernado Helíada con una lanza y un grito, pero esa noche, frente a la mujer de ojos plateados, supo que el deseo también podía ser una guerra.
Habían pasado tres meses desde mi primera vez y volví a la esquina con una sola idea en la cabeza: repetir aquello que no había podido sacarme de encima.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Estábamos subidos al cerezo robando fruta cuando Hugo me confesó la obsesión que arrastraba desde niño. Esa misma tarde, su madre todavía no sabía lo que venía.