Mi compañera madura me pidió que la acompañara
Llevábamos meses rozándonos con la mirada en el juzgado. Aquella tarde de feria, entre dos coches y lejos de todos, dejamos de fingir que no pasaba nada.
Llevábamos meses rozándonos con la mirada en el juzgado. Aquella tarde de feria, entre dos coches y lejos de todos, dejamos de fingir que no pasaba nada.
Soy ciega y esa noche nadie sabía mi nombre. Hasta que un desconocido me tomó de la mano para cruzar la avenida y todo cambió.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Tenía sesenta y tantos años y un perfume que perduraba en el ascensor; jamás pensé que ayudarla con unos muebles me llevaría a su cama esa misma noche.
Tres meses después de la separación, Mariela apareció en mi puerta con la misma sonrisa de siempre. Lo que no esperaba era lo que estaba dispuesta a dejarme hacer esa mañana.
La primera vez que lo desnudó para el baño, Amparo descubrió que la carne más frágil aún guardaba un fuego capaz de incendiar todos sus votos.
Lo invité a un café sabiendo que no era un café lo que quería. A los cincuenta, Raquel descubrió que la culpa nunca había podido con sus ganas.
La primera vez fue un reflejo en el cristal: una silueta inmóvil al otro lado del patio, mirándola desayunar en bata. No apartó la cortina. Tampoco la cerró.
Cuando le bajé el tanga para ponerle crema, noté que la pareja de al lado había dejado de disimular. Y entonces entendí que mirar también era parte del juego.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
El asiento del copiloto era incómodo para él, así que le ofrecí compartir la cama. No imaginé lo que pasaría cuando creyó que ya me había dormido.
Creyó que acostarse conmigo era su revancha contra su hermano menor. Lo dejé pensar eso mientras le abría la camisa en mi terraza, a la una de la madrugada.
Subí el anuncio sin esperar mucho, pero a la mañana siguiente había un mensaje distinto a todos los demás: directo, sin rodeos, con la voz de un hombre que sabía lo que quería.
Bastaba con que me clavara la mirada y sintiera su aliento en la cara para que olvidara mi guion y me dejara hacer todo lo que ella quisiera.
Apagué el televisor, esperé a que mi tía roncara y subí la pierna sobre su cadera. Sentí lo duro que estaba y supe que ya no había marcha atrás.
Ese cubículo tenía una ventana hacia la sala de lectura. Yo creía que estudiábamos para el examen, hasta que sentí los ojos de aquel chico sobre nosotros.
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Le había prometido un regalo distinto: ese fin de semana yo no decidiría nada. Él llevaría las riendas y yo solo tendría que obedecer y dejarme llevar.
Llevaba un rato a mi lado, espiándome mientras yo me perdía en el cuadro. Cuando por fin habló, supe que las dos deseábamos exactamente lo mismo.
No sabría decir si me gustaba todo de aquella criatura o nada; solo sé que esa tarde de calor, frente al espejo, dejó de penetrarme un desconocido y empezó a nacer otro yo.