La aventura secreta que su marido jamás imaginó
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.
Abrí la puerta a medio vestir, con el pelo revuelto y la cama todavía tibia. Él miró el cesto de mi ropa íntima antes de mirarme a mí, y yo no me molesté en taparme.
Seguía repitiéndome que era solo parte de la terapia, que no era nada personal. Pero con el semen de otro hombre resbalando por mis muslos, ya no me creía ni una palabra.
Cuando Diego salió de la ducha con la toalla apenas atada, Lucía supo que esa semana iba a ser muy difícil de soportar en silencio.
El cuerpo todavía me ardía del fin de semana con él. No imaginaba que esa misma noche oiría, tras una puerta, la conversación que iba a romperme entera.
Llevaba veinticuatro horas con el deseo atascado en el cuerpo. Cuando el chico del uniforme azul entró a dejar el paquete, Renata supo que esa mañana no iba a quedarse con las ganas.
Esa tarde de calor, Lucía se sentó junto a él en el sillón y le confesó algo que ningún cuñado debería escuchar. Damián supo que estaba perdido antes de responder.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Subió las escaleras sabiendo que, al cruzar esa puerta, la mujer ingenua que había sido hasta entonces dejaría de existir para siempre.
Subí sola a la montaña con una alerta roja huyendo de mi marido. No buscaba refugio: buscaba el impacto, algo que rompiera por fin el cristal en el que vivía encerrada.
Después de aquel domingo en la playa, ninguno de mis compañeros podía mirarme igual. Y mi mujer lo sabía: era ella quien movía cada hilo.
Se sentó en el sofá, a un palmo de mí, con esa cara de niño arrepentido que tan bien le funcionaba. Y yo, que llevaba semanas sin dormir, supe que iba a perdonarlo otra vez.
Esa mañana se miró las manos y no las reconoció: eran las mismas que habían firmado un compromiso y las mismas que habían traicionado todo por él.
Bajó las escaleras con el corazón acelerado y el vestido pegado a la piel desnuda. Sabía que él la observaba desde la ventana, y que esa noche el juego ya no tenía marcha atrás.
Cuando lo vi salir desnudo del agua helada de febrero, supe que aquella mañana no iba a terminar frente al caballete.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Durante años fingí no entender por qué se demoraba al pasar frente a aquel local. La tarde que la seguí adentro comprendí que mi madre ya había dejado de ser solo de mi padre.
Bastó una fotografía colgada en la pared del taller para que el profesor entendiera que ya no podría mirarla nunca más como a una alumna.
Se decía que solo lo estaba ayudando a sentirse mejor. Pero cada tarde, con su novio fuera de casa, la distancia entre los dos se hacía más corta.
Llevaba años engañando a mi marido sin culpa, pero nunca imaginé que un viaje de trabajo a una granja perdida terminaría conmigo de rodillas frente a un desconocido.