El vecino tímido al que le enseñé su primera vez
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Lo vi observándome en el gimnasio del hotel y supe que aquel hombre, mayor y casado, no pararía hasta tenerme. Lo que no esperaba era cuánto deseaba yo que lo lograra.
Estaba sola en el césped, bajo la sombra, con unas piernas que me hicieron olvidar el libro. No imaginé hasta dónde llegaríamos antes de despedirnos.
Lo odiaba por cómo me acosaba, pero aquella madrugada, bajo la luz del frigorífico, descubrí que su mirada me hacía temblar por motivos que no quería admitir.
Llevábamos días hablándolo en susurros, pero ninguno de los dos imaginaba lo lejos que íbamos a llegar esa noche.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Llevaba años sin pisar un boliche, pero esa noche el amigo de mi hijo me miró de una forma que ningún hombre me miraba desde hacía mucho.
Cuando las luces se apagaron y quedamos suspendidos en lo más alto, mi prima dejó de fingir inocencia y me dijo exactamente lo que quería hacerme.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Esa noche, cuando todos dormían, mi tía dejó la copa en la arena, se quitó las sandalias y me dijo que el agua estaba mejor sin nada encima.
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Solo quería conectar las cámaras al teléfono. En su lugar encontré, grabado y fechado, lo que mi madre hacía cada vez que mi padre salía a trabajar.
Me cambié de ropa, me perfumé con esencia de coco y volví al bar con un solo plan en la cabeza: averiguar si aquella sonrisa iba en serio.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
Me pidió que subiera y me arreglara solo para él. Esa noche, por fin, iba a ganarme el respeto de todas las chicas de la casa.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Cuando me di cuenta de que no llevaba ni la billetera ni el teléfono, el taxi ya iba demasiado lejos. Y el conductor empezó a mirarme distinto por el espejo.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.