La mujer del probador de enfrente me devolvió la mirada
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Cruzamos el parque a oscuras y, antes de darme cuenta, ella estaba de rodillas frente a mí con una sonrisa que todavía no consigo borrar de la cabeza.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Tengo 34 años, una melena rubia hasta la cintura y un deseo que ya no disimulo: vivo para obedecer. Esta es mi presentación, sin pudor y sin filtros.
El árbol que crecía entre nuestros patios fue solo la excusa. Lo que de verdad quería estaba del otro lado de esa pared, y aprendí a saltarla cada vez que él se iba.
Sabía que alguien podía verme desde la calle. Por eso dejé la persiana abierta, me senté frente a la ventana y empecé a tocarme despacio, esperando esa mirada.
Coincidí con ella en las duchas comunes y, sin pensarlo demasiado, decidí provocar la situación. Lo que vino después convirtió un viaje aburrido en algo que aún no me saco de la cabeza.
Tenía una cita esa misma noche, pero antes acabé de rodillas en el asiento de un coche aparcado. No estaba en mis planes, y por eso me gustó tanto.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
Tres meses se hicieron nueve, y entre cascadas y orquídeas descubrí que mi cuerpo distinto no era una condena, sino el centro del deseo que la aldea celebraba.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Estaba furiosa con la idea de mi marido, pero cuando me quité la última prenda y floté desnuda frente a ellos dos, entendí que me gustaba más de lo que debía.
Paró la camioneta junto al pinar, la miró por el retrovisor y supo, con la calma de quien lleva una vida cazando, que esa mañana no volvería con las manos vacías.
Durante una semana entera la observé desde detrás de una duna, convencido de que jamás me acercaría. Hasta que perdió las llaves de su casa un sábado por la tarde.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Estaba apoyada en la pared, mirando el móvil, con un vestido negro que le quedaba demasiado bien. No fumaba. Solo esperaba, y yo todavía no sabía a quién.
Volví a casa con el cuerpo todavía encendido por la noche anterior, sin imaginar que una charla en la cocina iba a desarmarme más que cualquier caricia.