El cóctel de la empresa nos llevó más lejos de lo previsto
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Después del cuarto gin-tonic, mi mujer se levantó del sofá, cruzó el salón y empezó a desnudarse frente a nuestro amigo. Yo solo pude mirar y desearlo.
Mi mujer siempre cortaba la fantasía cuando se ponía seria. Esta vez, cuando le confesé lo que había reservado, se mordió el labio y me preguntó: ¿y si no se conforman con mirar?
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Las tarjetas estaban listas, divididas en verde, amarillo y rojo. Solo faltaba que llegaran ellos para descubrir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
Mi novio me apretó la mano cuando cruzamos esa puerta. Esa noche íbamos a aprender, juntos, lo que significaba dejar de tener miedo a desear.
Lucía volvió de su clase con el nombre de otra pareja anotado en el móvil. Esa noche supimos que el sábado dejaría de ser un sábado cualquiera.
Compartimos mesa con una pareja que acabábamos de conocer. Tres horas más tarde, en su salón, una caja de cartas rojas borró todas las líneas que creíamos tener.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Habíamos hablado durante semanas por mensajes, pero nada me preparó para tenerlos a los dos frente al mar, con todas las reglas listas para romperse.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Nunca se habían visto en persona, solo fotos y mensajes cargados de deseo. Pero ella viajaba a su ciudad y, esta vez, la fantasía amenazaba con volverse real.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Llevaba meses sin que su marido la tocara. Esa noche, en la discoteca, vi un pequeño lazo rojo colgado de su blusa y entendí exactamente lo que significaba.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Llevaba meses susurrándole al oído la misma fantasía. Esa tarde, frente a una cala desierta, dejé de imaginarla para verla cumplirse delante de mí.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Terminé de vestirme en el borde de esa cama y entendí que ya no había vuelta atrás: la esposa abnegada había muerto y quería más, mucho más.