El pastor que zarpó sin saber adónde iba
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Jamás había visto a una mujer desnuda hasta esa tarde junto a la cascada. Lo que no sabía era que ese deseo terminaría embarcándolo hacia el fin del mundo.
Pensé que era el más disciplinado de la facultad. Entonces ella se recargó en la puerta del aula vacía y me dejó claro que sabía todo lo que yo escondía.
Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Mi hija lo sabía, y esa tarde apareció en mi cuarto con un hilo dos tallas demasiado pequeño y una idea en la cabeza.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Lo conocí entre cuadros que parecían susurrar y, dos horas después, estaba contra la puerta de su casa preguntándome cómo había llegado tan lejos sin decir una palabra.
Tenía el corazón disparado y las piernas tensas. No quería mirar, no quería pensar; solo quería que él siguiera y descubrir, por fin, lo que tantas veces había imaginado.
Nunca pensé que un comentario sobre lo dócil que era su perra pudiera encender algo así entre dos viejos conocidos en el sofá de su casa.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Me puse el vestido rojo sin nada debajo y pensé que era solo una cena de agradecimiento. No tenía ni idea de cómo iba a terminar la noche.
Me llevé un vaso de chupito vacío al salir de la pista. Ni yo entendía por qué, hasta que estuvimos solos en su coche y supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Tenía cuarenta y siete años y una sed que ningún hombre le había calmado nunca. Esa madrugada, en el parque desierto, decidió que ya no iba a fingir lo contrario.
Llevaba años bañándome desnudo en aquel arroyo creyendo que era solo mío. Esa tarde, entre la maleza, dos ojos jóvenes me observaban sin pudor.
Acababa de levantar el trofeo más grande de mi carrera. Lo que hice después, con él arrinconado contra los azulejos, no aparece en ninguna crónica deportiva.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.
Le escribí a media docena de chicas pidiendo lo mismo. Solo una respondió, y aquella tarde, en el baño de un centro comercial, descubrí algo que no esperaba.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Damián llegaba cada viernes con vino y una sonrisa de marido ejemplar. Tomás dormía feliz al otro lado de la pared, sin saber que esos ruidos eran la única verdad que les quedaba.