El universitario que me esperaba con el piso vacío
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
Ella me humilló por una videollamada y salí a beber hasta caerme. En la barra, dos tipos altos me sostuvieron del brazo y me ofrecieron un sitio más tranquilo.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
Lo vi solo en la barra de la cocina, ajeno al grupo, pegado al celular. Con solo mirarlo supe que esa tarde no iba a quedarse tan macho como creía.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Llevaba más de dos horas en la sala de espera cuando él me llamó por mi nombre. No imaginé que esa misma tarde acabaríamos solos en una camilla que ya nadie usaba.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.
Levanté la vista del móvil y sus ojos ya estaban clavados en los míos desde el otro extremo del aparcamiento. No hizo falta una sola palabra.
Me prometió que solo se rozaría un poco. Me relajé, confié en él, y ese fue el error que no debí cometer esa noche en su cama.
Aquel sótano de piedra bajo su casa fue mi escuela secreta: ahí aprendí lo que ni me animaba a nombrar, primero con Tomás y después con su hermano.
Karim me arrancó el bañador y me dijo que ya era hora de dejar de hacerme el estrecho. No sabía que esa tarde junto al agua iba a aprender a usar mi cuerpo como un arma.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.
Se quitó la camiseta empapada delante de mí, sin saber que lo había escuchado todo desde la ducha. Lo que le ofrecí esa tarde le cambió la idea del placer.
Llevaba diez años sin pensar en mi propio cuerpo. Bastó que aquel masajista clavara sus dedos en mi espalda para que algo que creía imposible empezara a despertar.
Treinta y tres años, un cuerpo de atleta y un secreto que llevaba media vida ahogando. Hasta que aquel chico cruzó la puerta de su tienda y lo miró sin miedo.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.
No podía dejar de mirar el cuerpo de Bruno bajo el agua, y cuando se dio vuelta con los ojos cerrados supe que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Sabía que en cuanto cruzara su puerta no habría vuelta atrás: hoy iba a dejar que me lo hiciera de verdad, y llevaba toda la semana imaginándomelo.