Primeras vacaciones con mi novia en la playa
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Era sábado, iba al despacho, y entonces entró ella. Vestida para matar, con una sonrisa que lo sabía todo. No me podía quedar sin intentarlo.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.
Llegué con encaje y tacos altos esperando a Héctor. Diego me abrió la puerta con una sonrisa irónica y yo no podía articular ni una sola palabra. Pero los tacos cambiaron todo.
Cuando saqué su teléfono y vi mi propia imagen en la pantalla, entendí que no tenía escapatoria. O eso me dije a mí misma.
El 23 de diciembre, mientras ella cocinaba de espaldas, me cambié en silencio. Cuando dije «oh, oh, oh», se quedó inmóvil. El resto de la noche fue nuestro.
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Sus manos frías se movieron despacio por donde ninguna mano debería. Yo no hice un sonido. Pero algo se rompió esa tarde y ya nada volvió a ser exactamente igual.
Cuando me preguntó con voz suave si quería hacerlo esa noche, supe que todo lo que habíamos construido juntas llegaba a ese momento.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Lucía subió con cuatro mujeres y cerró la puerta. Yo me quedé en la barra con sus hombres. Nadie imaginó lo que iba a pasar en esa cabina.
Había ido solo a saludar, pero Matías no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre se fue, ese muchacho demostró que tenía más iniciativa de lo que parecía.
Marcos la controlaba desde su mesa, un dedo sobre la app y los ojos fijos en ella. Cada vez que pulsaba el botón, Clara tenía que morderse el labio para no gemir.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Apenas cerró la puerta del taxi, sus manos ya estaban debajo de mi blusa. Lo que vino después lo vio el chofer desde el espejo, sin perder detalle.
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.