Lo que hago frente al espejo cuando me quedo sola
Esa mañana no había nadie en casa para escucharme. Solo el espejo, mis tacones y la voz de un hombre que vivía dentro de mi cabeza.
Esa mañana no había nadie en casa para escucharme. Solo el espejo, mis tacones y la voz de un hombre que vivía dentro de mi cabeza.
Adoro la siesta cuando estoy sola en casa. Hoy el fresco de la tormenta me erizó la piel y, sin darme cuenta, solo podía pensar en cómo me mirarías tú.
Vivía justo enfrente de mí y nunca me había mirado dos veces. Esa tarde decidí que eso iba a cambiar, aunque tuviera que cruzar el pasillo sin sujetador.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Eran las diez de la mañana, estaba sola en casa y solo podía pensar en sus manos. Hoy, al fin, estaríamos a solas y necesitaba calmar lo que él había despertado en mí.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
A los cincuenta y uno, después de muchas mujeres, escribí a un desconocido en una página gay sin saber que ese mensaje me obligaría a aceptar lo que siempre había negado.
Llevaba todo el día con la ropa interior húmeda solo de pensar en lo que me esperaba en casa. La caja seguía cerrada sobre la cama, y yo ya no aguantaba más.
Pensó en él todo el día. Ahora, bajo las sábanas y con la lluvia golpeando el cristal, su mano empieza a recorrer lo que su imaginación ya había prometido.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Nunca quise hacer cámara. Hasta que una noche aposté por la curiosidad y un usuario sin rostro me pidió quedarse a solas conmigo.
Él no sabe que, cuando apaga su ventana del chat, yo apago la luz y dejo que mis manos hagan lo que sus manos jamás podrán hacerme desde tan lejos.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Mi esposa creía que el juego terminaba cuando se iba el técnico. No sabía que la cámara escondida lo grababa todo y que mi excitación apenas empezaba al verla desde la oficina.
Nunca me había atrevido a verme mientras me tocaba. Esa tarde puse el teléfono frente a la cama, respiré hondo y aprendí algo nuevo sobre mi propio deseo.
Cuando dejó caer la bata entendí que mi vecina perfecta guardaba mucho más de lo que cualquiera imaginaba, y que esa noche yo ya no quería volver atrás.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.