La diseñadora trans que me esperaba en Bangkok
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Nadia llevaba años sola, entrenando para no pensar. Su sobrino era el único que la miraba como mujer, y aquella tarde de resaca los dos dejaron de fingir.
Llegué a casa y ella se me echó al cuello delante de todos. Nadie sospechaba que ese beso en la mejilla escondía las ganas que llevábamos guardando toda la semana.
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
El vapor salió con ella envuelta en una toalla diminuta, y por primera vez en meses sentí ganas de tomar un pincel. Lo que vino después no debió pasar.
Acepté la fantasía de mi marido con una condición: yo elegía cómo, dónde y con quién. Lo que él no sabía es que yo ya tenía a alguien en mente.
Con la casa para nosotros solos y él de espaldas entre los rosales, supe que esa tarde no me conformaría con seguir mirándolo desde la ventana.
Llevaba días con los ojos tapados y solo reconocía a la gente por su perfume y su voz. Aquella noche, sus manos no se parecían en nada a las de una enfermera.
Puse su dedo donde ningún padre debería tocar y lo sentí temblar. Dijo que no, que era mi padre. Pero esa noche descubrí en qué se convierte un hombre cuando se niega lo que más desea.