El veterano me arrinconó en el control de cámaras
Eran las once de la mañana, el local estaba vacío y mi compañero dormía. Cuando lo vi entrar por la puerta, supe que ese domingo no iba a parecerse a ningún otro.
Eran las once de la mañana, el local estaba vacío y mi compañero dormía. Cuando lo vi entrar por la puerta, supe que ese domingo no iba a parecerse a ningún otro.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Subí a usar el baño y él me estaba esperando con la bragueta abierta. Lo que no calculé fue que alguien iba a abrir la puerta justo cuando estábamos en cuatro.
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Subió al asiento trasero con la mujer del patrón pensando que iba a buscarme. Bajó pensando en cuándo podría volver a verla.
«Cierra la puerta con seguro y quítate la ropa», fue lo primero que escuchaste de mi voz esa noche. Lo demás dependía de cuánto quisieras obedecerme.
«Pon la música que te dije y empieza a desnudarte despacio. No tengas prisa: esta noche mando yo, aunque estemos a cientos de kilómetros.»
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Él estaba a miles de kilómetros y yo me desperté ardiendo. Abrí la notebook, leí lo que mis lectores fantaseaban conmigo y dejé que mis manos hicieran el resto.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.
Llevo media hora escribiendo y ya no sé si las manos que recorren esa piel son las del personaje o las mías sobre mi propio cuerpo.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.