Cité a un desconocido para no perder a mi novio
Llegué temblando al granero, de rodillas sobre la paja, esperando a un hombre cuyo rostro nunca llegaría a ver. Lo hice por mi novio. O eso me dije.
Llegué temblando al granero, de rodillas sobre la paja, esperando a un hombre cuyo rostro nunca llegaría a ver. Lo hice por mi novio. O eso me dije.
Mientras los invitados brindaban en el salón, ella se ató el delantal sobre el vestido blanco y hundió las manos en el agua jabonosa. Era su manera de decirle: soy tuya.
Cerró la puerta, colgó el cartel de «cerrado» y lo llevó al fondo de la tienda con una excusa tonta. Lo que vino después no lo había planeado del todo.
Necesitaba contárselo a alguien que no me juzgara, y solo se me ocurrió tocar su puerta. Lo que no esperaba era lo que iba a pasar al amanecer.
Fui a resolver un papeleo aburrido y salí temblando. Lo que ese hombre hizo con sus manos detrás de su escritorio todavía me quita el sueño.
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
Nunca había aceptado la invitación de un hombre al que acababa de conocer. Pero algo en su sonrisa, y en cómo miraba mi escote, me hizo decir que sí.
Ella tenía novia y yo arrastraba una relación que se apagaba. Nos fuimos a la costa como amigos. Lo que pasó en esa habitación de dos camas no estaba en mis planes.
Les dije que mi consuelo era más efectivo que cualquier bebida fría. Me quité la ropa antes de entrar y esperé a que el agua caliente me delatara entre el vapor.
En veinte años detrás del mostrador he aprendido a leer a la gente. Sabía que ella no llegaba a fin de mes mucho antes de que se atreviera a pedirme ayuda.
Volvíamos del cine helados de frío, pero en cuanto las puertas del ascensor se cerraron supe que esa noche no íbamos a subir directos a dormir.
Cuando se fue la luz y quedamos atrapados entre dos plantas, supe que esas horas a oscuras iban a cambiarlo todo. Y yo no hice nada por evitarlo.
Daniela llevaba años callando lo que sentía por su mejor amiga. Esa noche de terraza, una sola palabra —reto— le dio la excusa que jamás se había animado a buscar.
Llevábamos semanas rozándonos en los pasillos sin atrevernos a nada. Esa noche me cansé de esperar, me quité la sudadera frente a su puerta y le dije lo que quería.
Mi amiga me dejó plantada esa noche, pero el desconocido de la barra tenía otros planes para mí. Y yo, aunque no lo admitiera en voz alta, también.
Marcos lo presentó como el hijo de un primo, de visita unos días. Pero Elena no tardó en notar la forma en que el muchacho la miraba cuando nadie más prestaba atención.
Trajo orujo en una garrafa sin etiqueta y emborrachó a mi novio en una hora. Cuando Sergio empezó a roncar, su tío me miró y supe que la cena no había sido más que el principio.
Habían pasado doce meses desde la última vez. Doblé una esquina del centro y choqué con ella: el mismo perfume, la misma mirada, las mismas ganas que creí olvidadas.
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.