Esa tarde le entregué el test sin decir una palabra
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Pulsé el monitor sin saber qué habitación se abriría esa tarde, y en la pantalla apareció Marisol entrando al salón con su traje de motera negro.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Esa madrugada, junto a Diego dormido, comprendí que no podía pensar en él sin pensar en Mateo. Con un novio nuevo, mi hermano seguía siendo el centro.
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Cuatro años sin tocar a nadie, y mi sobrina decidió que yo, su tío ginecólogo, era el único que podía revisarla.
Cuando se sentó sobre mis rodillas y arrimó su boca a la mía, supe que la conversación de aquella tarde no iba a ser la que mi suegro había imaginado.
Le había prometido un regalo de aniversario distinto. Lo que ella no imaginaba era que mi sorpresa la esperaba al otro lado de un agujero en la pared.
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.
El sábado en que la casa quedó vacía, mi suegra apareció descalza en la cocina, con un conjunto que no era para su marido, y sonrió como si ya supiera el final.
Cuando abrió la puerta y nos vio, pensé que la familia se acababa esa tarde. Lo que no esperaba era oírla confesarme al oído deseos que llevaba años guardando.
La primera tarde que salí en bikini sentí su mirada detrás de la ventana y, en lugar de cubrirme, dejé caer un tirante muy despacio.
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Cuando me agaché a recoger el libro, mi hermanastra me bajó los shorts. Las tres se quedaron mirando en silencio y supe que algo ya no podría volver atrás.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
Encendí el monitor a las nueve y media: Mariana estaba en su cocina, descalza, con una camiseta que apenas la tapaba, y yo ya sabía que esa mañana no iba a estar sola.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.