La paciente de la 214 me pidió que cerrara la puerta
Salió al pasillo a buscarme, me miró fijo y me dijo que tenía una pregunta. No me imaginaba lo que iba a pasar cuando cerró la puerta de la habitación.
Salió al pasillo a buscarme, me miró fijo y me dijo que tenía una pregunta. No me imaginaba lo que iba a pasar cuando cerró la puerta de la habitación.
Lo abrí sin pensar y no pude parar de leer. Mi mamá lo escribía todo: cada detalle de cómo volvió a sentirse viva después de tocar fondo.
Cuando el entrenador le pidió que observara a los muchachos, ella aceptó con una sonrisa. Nadie sospechó que la mujer del traje azul ya había elegido a sus dos favoritos.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Su mano fría se cerró sobre mi brazo como una presa. Yo era noventa kilos de músculo y, aun así, frente a él me sentí pequeño, examinado, comprado.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
Aquella siesta, con el ventilador rugiendo y la casa vacía, mi primo me miró distinto y me dijo que tenía algo que demostrarme. No imaginé hasta dónde llegaría.
El brazo que descansaba sobre su abdomen no era el de su novia. Era pesado, cálido, masculino. Y Bruno no recordaba absolutamente nada de la noche anterior.
Cuando abrí los ojos en el baño de vapor, él ya me estaba mirando. Y yo sabía perfectamente quién era, aunque jamás creí tenerlo tan cerca.
Salí del gimnasio con el cuerpo aún ardiendo y me metí por la pista de tierra para fumar tranquilo. No esperaba que aquel coche negro parara justo detrás de mí.
Eligió el urinario de al lado sin pensarlo. Cuando sus miradas se encontraron en el espejo, supo que ninguno había entrado solo para lavarse las manos.
Un viernes a las diez, el gimnasio casi vacío y un tipo que cargaba el doble que yo en el banco de al lado. Bastó una mirada en el espejo para que todo se torciera.
Tenía novia y se hacía el duro, pero esa noche, encerrados en el cubículo del baño, fue él quien me puso la mano en la nuca y me pidió que se la chupara bien.
Perdimos el partido y caminábamos hacia el metro cuando un auto de alta gama se detuvo junto a nosotros. El hombre al volante tenía una propuesta que ninguno de los dos esperaba.
Eran las dos de la mañana cuando aceptó cruzar mi puerta. Solo me pidió tres cosas, y la tercera era la que más me excitaba: que pudiera arrepentirse cuando quisiera.
Solo iba a ser la excusa para que su mujer no sospechara. Nunca imaginé que terminaría sentado frente a ellos, sin poder apartar la vista de lo que hacían.
Andrés guardó su tarjeta dos días sin atreverse a escribir. Cuando por fin lo hizo, no imaginó que esa misma noche estaría desnudo contra la pared de su propio recibidor.
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.