Amo a mi prima, pero Daniela me hizo flaquear
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.
El sábado en que la casa quedó vacía, mi suegra apareció descalza en la cocina, con un conjunto que no era para su marido, y sonrió como si ya supiera el final.
Cuando abrió la puerta y nos vio, pensé que la familia se acababa esa tarde. Lo que no esperaba era oírla confesarme al oído deseos que llevaba años guardando.
La primera tarde que salí en bikini sentí su mirada detrás de la ventana y, en lugar de cubrirme, dejé caer un tirante muy despacio.
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Cuando me agaché a recoger el libro, mi hermanastra me bajó los shorts. Las tres se quedaron mirando en silencio y supe que algo ya no podría volver atrás.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
Encendí el monitor a las nueve y media: Mariana estaba en su cocina, descalza, con una camiseta que apenas la tapaba, y yo ya sabía que esa mañana no iba a estar sola.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.
La bata se le subió cuando se agachó por la espátula. No fue un accidente; fue una invitación que tardé toda la mañana en aceptar.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
Cuando se aferró a mí dentro del agua y noté su respiración cambiar, supe que el verano de nuestros dieciocho no terminaría como ningún otro.
Cogía con mi prima desde aquel verano, pero ella me pidió que cada uno consiguiera pareja para guardar las apariencias. Lo que pasó esa misma tarde nos cambió las reglas.
Maximiliano roncaba vestido sobre la cama nupcial. Yo seguía con la lencería del regalo y, sin pensarlo dos veces, escribí el mensaje que llevaba años intentando no enviar.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Tres semanas después de descubrir los monitores ocultos del despacho de mi suegro, la pantalla parpadeó y se encendió sola, justo cuando él ya estaba detrás de su hija.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.