La reina del club me enseñó a obedecer
Abrí la puerta equivocada y la encontré frente al espejo, con dos dedos donde no debían estar. No gritó. Sonrió como quien acaba de elegir su presa.
Abrí la puerta equivocada y la encontré frente al espejo, con dos dedos donde no debían estar. No gritó. Sonrió como quien acaba de elegir su presa.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
Siempre fui la chica que seguía las reglas, hasta que él me ordenó arrodillarme y entendí que mi cuerpo llevaba años esperando que alguien le diera permiso.
La primera vez que entré a su despacho creí que iba a negociar un préstamo. Salí con sus instrucciones grabadas en la piel y la certeza de que ya no mandaba sobre mi propio deseo.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
La toalla se deslizó durante el masaje y, sin querer, me quedé mirando. Él lo notó. Y desde ese segundo dejé de ser yo para convertirme en algo suyo.
Llevaba semanas observándola tras el mostrador de la clínica. La noche en que su vida se derrumbó, la invité a subir a mi apartamento y le ofrecí lo único que no podía rechazar.
Creía que solo iba a divertirme y ganar algo de dinero. No imaginé que aquella noche, entre golpes y caricias, encontraría justo lo que mi cuerpo pedía a gritos.
Llegó trece minutos antes de la hora, sin sujetador y con esa sonrisa que no era inocente. Y yo había dejado una cuerda preparada en la entrada.
Cada tarde le llevaba la cena al anexo y se sentaba con las piernas entreabiertas, susurrándole cómo su antiguo Amo la había entrenado. Lo moldeaba sin que él lo notara.
La cité a las seis con una sola condición: falda corta y la lencería que yo eligiera. Lo demás lo decidiría yo cuando cruzara la puerta.
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Conectamos durante semanas a través de una pantalla, pero ¿y si en persona no quedaba nada de aquella chispa? Entonces lo vi cruzar el bar y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.
Bajé a la cocina en pijama, sin nada debajo, sabiendo que él estaría despierto. La tensión llevaba días creciendo y esa noche decidí que no iba a contenerme más.
La conocí en la adolescencia y nunca dejé de desearla. Ella me contaba cada beso, cada amante, sin saber que yo guardaba todas sus palabras para las noches a solas.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Mis pacientes me cuentan sus secretos y yo asiento como si los míos no fueran peores. Hoy, por primera vez, voy a contarte la verdad sobre mí.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.