Mi hermano me enseñó a obedecer esa tarde
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
La conocí con veinte años y la deseé en silencio más de una década. Cuando volvió a aparecer, supe que esta vez no me conformaría solo con mirarla.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Llevaba algo escondido en la mano y esa sonrisa no presagiaba nada inocente. —Saca la lengua —me ordenó, y yo ya sabía que iba a obedecer.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Le ofrecí revisarle el tobillo como médico. Ella cruzó la pierna, acercó el pie a mi cara y supe, en ese instante, quién mandaba de verdad.
Recostada en el borde de la cama, con las medias negras subiendo por mis piernas, le advertí que esa noche no usaría las manos: lo desharía solo con mis pies.
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
La regla había sido siempre la misma: su virginidad era intocable. Esta noche, frente a una sala de hombres ávidos, esa regla se rompería ante el mejor postor.
Me entrenaron para complacer y obedecer, pero esa puerta entreabierta despertó algo distinto: una chispa de desafío que ni las esposas frías contra mi piel lograron apagar.
Bajé al despacho esa madrugada solo para descubrir el plan que tenían para mí. Y, en lugar de huir, me arrodillé y dije que sí a todo.
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.