El botón que controlaba a mi sumisa a distancia
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
Estaba desnudo en su cama, dolorido, y él se ofreció a examinarme. Yo no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar para que se me pasara.
Llovía, así que subimos a mi casa y dejamos que la suerte eligiera a qué jugábamos. Ninguno imaginaba que ese juego terminaría con ella desnuda y suplicando entre mis cuerdas.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
Guardaba ese vestido en el fondo del placard para nadie. Esa madrugada, cuando él tocó el timbre empapado, supe que por fin iba a estrenarlo para alguien.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Cuando crucé esa puerta dejé de ser yo. Él me esperaba sin peluca ni maquillaje, con una sonrisa de chico malo y mi nombre nuevo ya elegido.
El entrenador me miró desde el otro lado de la mesa y sonrió. Mi padre me apretó la nuca y susurró: «Hijo, vamos a hacer lo que haga falta para que entres al equipo».
Llegué con vestido negro y horquillas. Ella me esperaba en seda roja, con un colgante de brillantes y una pregunta: ¿qué esperas que te ofrezca yo?
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Le había contado mi fijación por las chicas trans, pero jamás pensé que aceptaría sentarse en ese sofá a mirar cómo otra mujer me ponía de rodillas.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Estaba seguro de que nadie podía hipnotizarlo. Se sentó en el sillón con una sonrisa de suficiencia, sin sospechar que esa mujer ya había decidido en quién iba a convertirlo.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
De día firmaba como Tomás y nadie sospechaba nada. Esa carpeta abierta por accidente en la tablet de mi jefe iba a romper, de un solo golpe, dieciocho meses de silencio.
Bastaba con que ella se insinuara para que yo me pusiera en cuatro. Aquella noche descubrí que tenía dos sorpresas guardadas, y solo una era para mí.