El contrato que firmó sin leer una sola línea
No servía para protagonista, le dijeron. Pero ese culo, susurró el productor con la cámara encima, ese culo sí tiene futuro en esta industria.
No servía para protagonista, le dijeron. Pero ese culo, susurró el productor con la cámara encima, ese culo sí tiene futuro en esta industria.
La primera vez que me arrodillé frente a mi primo dejé de ser quien era. Lo que vino después me cambió el cuerpo para siempre.
Subí al tercer piso con mis medias de red y mis tacones blancos, entreabrí la puerta y esperé a que el sonido de mis pasos despertara el hambre de los hombres del pasillo.
Cerró la puerta del baño, se miró en el espejo con la blusa corta y el encaje húmedo, y supo que esa noche no habría forma de volver atrás.
Aquel viernes éramos los últimos en la pileta. Cuando salí del agua, su mirada bajó hasta mi bañador y supe que esa noche el alumno iba a ser otro.
Marqué el número con el pulso temblando. Una voz con acento sudamericano me dijo que subiera al tercero, que no me dolería, que esa noche aprendería a pedir más.
Tengo veinticuatro años y todavía estoy aprendiendo qué me enciende. Esa tarde, con la mano en mi cuello, descubrí algo que no sabía que necesitaba.
Hace meses que Esteban dejó de existir. Me despierto cada mañana enfundada en seda rosa, lista para servir a la mujer que reescribió mi mente entera.
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Cuando ella cerró la puerta dijo que yo no era suficiente hombre. No imaginé que esa misma noche dejaría de serlo para siempre, y que sería lo mejor que me pasó.
Esperaba mentiras la noche que lo confronté. No esperaba mojarme imaginándolo de rodillas, transformándose en lo que siempre había querido ser.
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
Dejó la puerta abierta para mí. Yo solo tenía que llegar, vestirme de Valeria y olvidarme para siempre del chico que ya no quería seguir siendo.
Cuando entré en la cocina ella ya tenía la lasaña en el horno y dos copas servidas. La pegué contra el mármol antes de que pudiera dejar la fuente.
Frente al espejo del hotel, ese bikini no me quedaba bien. Nada me quedaba bien desde que decidieron qué clase de cuerpo merecía tener.
Esa noche me clavaron la primera inyección de hormonas y me hicieron tirar toda mi ropa de hombre. «Vas a ver cómo te ponés linda», me dijo ella sonriendo.
Cuando se giró en aquella tienda de pueblo, pensé que era una mujer. Llevaba unos jeans blancos, las uñas pintadas y un secreto que no descubriría hasta quedarnos varados en la carretera.
—Hoy solo vamos a cuidarte —susurró, y entendí que después de ser su puta toda la noche, ahora me tocaba volver a ser su chica.
Solo quedaba un nombre en su lista de pacientes, y cuando lo llamó no imaginaba quién iba a cruzar la puerta de su consulta esa tarde.