El doctor le dijo que volviera cada mañana a las siete
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Me había llevado al dormitorio sin dejarme soltar la bolsa de la compra. Para cuando entendí lo que tramaba, ya estaba atado a la silla y sonaba el timbre.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Mi dueño plantó la idea como una semilla: dinero por mi cuerpo y un desconocido observando cada detalle. Esa tarde de martes salí a cumplirla sin saber cómo terminaría.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
Durante cuatro días el papelito con su número me quemó en el bolsillo. Cada noche recordaba aquella humedad escurriendo y supe que iba a llamar.
Lo conozco desde niño, amigo de mis hijos. Pero esa noche, en la pista, su mano bajó por mi espalda desnuda y entendí que nunca volvería a verlo igual.
Llevaba la bandeja temblando, la falda subiéndosele por los muslos, mientras ellas brindaban y reían. Esa noche no era un invitado: era el juguete de la fiesta.
No tenía que pensarlo. En cuanto escuché su voz al otro lado de la línea, ya estaba buscando las llaves del coche con las manos temblando.
Bruno llevaba horas tirado en el suelo de aquella habitación, agotado, cuando la puerta volvió a abrirse y supo que la noche aún no pensaba soltarlo.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Habíamos acordado las reglas durante semanas, pero cuando la puerta se cerró y me ataron a la cama, entendí que esa noche dejaría de pertenecerme.
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.