La noche que mi primo se quedó a solas con mi madre
Adrián despertó con la casa en silencio y la cama de su primo vacía. Siguió los jadeos hasta el baño y lo que vio por la rendija lo dejó clavado al suelo.
Adrián despertó con la casa en silencio y la cama de su primo vacía. Siguió los jadeos hasta el baño y lo que vio por la rendija lo dejó clavado al suelo.
Creí que tenía la situación controlada. Creí que un viejo sin fuerzas no podía hacerme nada. Esa fue mi primera equivocación de la mañana.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Olvidé lo que se siente que te deseen. Esta noche, sola en casa, decidí recordarlo con la única persona que siempre está conmigo: yo misma.
Era viernes y solo quería terminar la cerveza e irme a casa, hasta que una mano femenina se apoyó en mi brazo y dejó dos copas sobre la mesa.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Me lo susurró al oído cuando todavía temblaba: «¿Y si la próxima vez somos dos para ti sola?». No supe decir que no, y tampoco quise.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Desde el umbral de la celda la vi contonearse contra la madera grasienta, los ojos fijos en el reloj. Una hora. Después entraría el hombre de la fusta.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
Llamé a su puerta sabiendo que ya no había marcha atrás. Quince años esperando este momento, y por fin me tocaba pagar lo que no me atreví a hacer aquella noche.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Soy una travesti de clóset. Llevaba meses obedeciendo sus correos cuando me escribió que vendría a mi ciudad, y supe que esa tarde haría conmigo todo lo que me había ordenado.