Mi vecino ermitaño me tenía en su galería
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Bajé a ayudarlo con unos trámites. Tenía manos grandes, olor a taller y una manera de mirarme que me ponía nerviosa desde que llegamos.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Años después sigo recordando sus bragas al viento, su mano entre las piernas y el beso que me lanzó desde la acera antes de desaparecer. Nunca dijimos una sola palabra.
Llevábamos dieciocho años casados y creí conocerla. Hasta la noche en que, con la voz temblándole, me admitió que ahora miraba a otras mujeres.
Cuando se quitó el mono frente a la ventana y caminó desnuda al baño, supe que esa noche no iba a dormir. Mi nueva vecina acababa de mudarse y yo ya no podía dejar de mirar.
Le pedí que me esperara desnuda cada mañana al volver del trabajo, sin imaginar que el vecino terminaría siendo testigo, amante y algo más para los dos.
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Cuando le presté el slip rojo a Bruno aquella mañana, no imaginé que mi vecino llegaría a buscarnos y que el sendero al río terminaría en algo que nunca habíamos hecho.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Cuando me invitó a subir a su piso, supe que no podía decirle que no otra vez. Tenía casi setenta años y yo treinta y seis, y eso nunca había importado tan poco.