Lo que mi vecino maduro despertó una tarde de lluvia
Cada mañana lo espiaba por la ventana sin admitirlo. Esa tarde de lluvia tocó mi puerta empapado, y supe que ya no habría manera de seguir fingiendo que no pasaba nada.
Cada mañana lo espiaba por la ventana sin admitirlo. Esa tarde de lluvia tocó mi puerta empapado, y supe que ya no habría manera de seguir fingiendo que no pasaba nada.
No me parecía atractivo, pero me prendía sentirme deseada. Cuando se subió al banco a revisar el ventilador, supe exactamente cómo iba a pagarle el favor.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Sabía que los jueves tendía la ropa a la misma hora. Esa mañana decidí salir sin nada encima, solo para ver qué cara ponía. No esperaba que sonriera así.
Cuando ella le dijo «tirando», Tino entendió que esa palabra pesaba lo mismo que la suya: años de sábanas frías. Y en mitad de la calle decidieron remediarlo.
La primera vez que entré a su departamento encontré una tanga colgada en la ducha, y supe que aquel trato de comida por agua caliente iba a costarme mucho más que unas empanadas.
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.
Ese bañador apenas las cubría, y cada día la piscina enseñaba un poco más de piel. Nadie sospechaba hasta dónde llegarían los vecinos cuando cayera la última prenda.
Iván y Lucía eran los nuevos del edificio, los más jóvenes, los que todavía aprendían. Esa noche les enseñamos que en nuestro grupo nadie se quedaba con las ganas.
Cuando se mudó al apartamento de enfrente no imaginé que una tarde, mientras su hijo dormía, su mano subiría por mi muslo y yo separaría las piernas sin pensarlo.
Acababa de mudarme y no conocía a nadie. Bruna fue la primera en hablarme; nunca imaginé que ella y su pareja tenían un plan para mí esa noche.
La recuerdo en la puerta de su librería, con el pelo casi blanco y esos ojos imposibles. Pasaron diez años hasta que volví a tenerla cerca, y esta vez no pensaba dejarla ir.
Renata me llamó para pedirme un favor, pero quien me dejó sin aliento esa tarde fue la mujer que terminaba de limpiar y me esperó junto al ascensor.
Cuando se echó a llorar en mi hombro y confesó que su marido ya no la tocaba, supe que esa tarde el masaje iba a terminar de una manera muy distinta.
Llevaba meses saludándola en el portal, conteniendo las ganas. Esa tarde se le cayeron las bolsas de la compra y por fin tuve una excusa para subir.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Cuando se quitó la blusa frente a la ventana abierta, supe que no iba a parar aunque medio barrio estuviera mirando. Y yo tampoco quería que parara.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.