La vecina que aprendió a no esconderse
Toda su vida la habían mirado como a un objeto. Aquella tarde, en la casa de piedra del final de la calle, decidió mirar ella primero.
Toda su vida la habían mirado como a un objeto. Aquella tarde, en la casa de piedra del final de la calle, decidió mirar ella primero.
Hacía años que ningún hombre me miraba como él desde el balcón de al lado, y esa tarde descubrí que yo tampoco quería dejar de ser mirada.
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Bajé a tomar un café con la del quinto y volví con la boca abierta: me contó, con pelos y señales, lo que hizo con el hombre casado del octavo piso.
Se desabrochó el top del bikini con la naturalidad de quien ya ha decidido todo. «Tú me invitaste a sentirme libre», dijo. Y yo apenas podía respirar.
Todos la odiaban antes de que volviera al barrio. Yo solo dibujaba sus tatuajes desde mi lado del muro, hasta que ella decidió cobrarme por ser su musa.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
Crucé media ciudad creyendo que íbamos a comer algo. Cuando abrí el ropero de la habitación diez, ella salió con una torta encendida y una sonrisa que no era inocente.
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Crucé el rellano para ver a la mujer que me había desvirgado, pero ese día el edificio entero parecía decidido a darme una lección que no olvidaría.
Tenía veinte años y nunca había visto a un hombre desnudo cuando Mariela me llevó de la mano hasta la pared del fondo y susurró que mirara por la grieta.
Cuando me pidió ayuda con el lavarropas no imaginé que terminaría mirándola sin disimulo. Una mujer así no debería quedarse sola tan seguido.
Cuando le vendé los ojos no esperaba ver al viejo del balcón observándonos. Y en lugar de bajar la cortina, le ofrecí a mi novia.
Mi marido viajaba otra vez y mi espalda no aguantaba más. El mensaje del vecino del quinto decía «el primer masaje es gratis». No imaginé hasta dónde llegaría.
Rodeada de edificios más altos, su azotea parecía un escondite. Hasta que entendí que cada ventana era un par de ojos esperando ver lo que íbamos a hacer.
El árbol que crecía entre nuestros patios fue solo la excusa. Lo que de verdad quería estaba del otro lado de esa pared, y aprendí a saltarla cada vez que él se iba.
Llamo a su puerta vestida de encaje y dejo de ser yo. Soy Carla, y mi vecino sabe exactamente qué hacer con todo lo que le ofrezco.
Tenía sesenta y tantos años y un perfume que perduraba en el ascensor; jamás pensé que ayudarla con unos muebles me llevaría a su cama esa misma noche.
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.