El masaje que mi vecina me pidió a la hora de la siesta
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Aquel sótano de piedra bajo su casa fue mi escuela secreta: ahí aprendí lo que ni me animaba a nombrar, primero con Tomás y después con su hermano.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Llevaba años robándole las chanclas para esconderme con ellas. La tarde en que me descubrió subida a una escalera, supo exactamente cómo usar mi secreto.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Eran las doce en punto cuando crucé el patio descalzo. Sus ojotas rosadas seguían ahí, tibias, con la marca de cada uno de sus dedos esperándome en la oscuridad.
Cuando vi el vídeo en su móvil supe que ya no había vuelta atrás: mi vecina sabía exactamente lo que quería de mí, y yo había caído en su trampa.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
Bajé a su casa creyendo que era un favor cualquiera entre vecinos. Me recibió con una sonrisa que no admitía preguntas y una orden que no supe negarme a cumplir.
La primera vez que me puso el collar supe que no había marcha atrás: bajaría cada vez que ella llamara, dispuesto a obedecer cualquier orden que saliera de su boca.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Mirabas a un lado y a otro, segura de estar sola, cuando te subiste el vestido en mitad del garaje. No viste que, dos plazas más allá, alguien llevaba un rato observándote.