Mi ex vecino me reconoció en la parada del bus
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Nunca había sido exhibicionista, pero esa tarde abrí la cortina, puse una silla frente al cristal y me desnudé sin saber quién observaba.
Pensé que sería una bronca de quince minutos. No conté con la bolsa que trajo Bárbara, ni con la mujer en la que se convertiría aquella madre furiosa.
Se quedaba quieta contra el espejo, respirando por la nariz, dejándome hacer en silencio mientras el resto del edificio subía sin enterarse de nada.
Creí que mi secreto estaba a salvo entre estas paredes, hasta que escuché su ventana cerrarse de golpe y supe que alguien acababa de ver quién soy de verdad.
El ascensor era viejo y estrecho, y ella iba justo delante de mí. Solo tuve que deslizar la mano por detrás y rezar para que su marido no apartara la vista del móvil.
A las cuatro de la mañana, solo en el obrador, descubrió que el divorcio no le había despertado las ganas habituales: le había despertado otras, con nombre de vecino.
Llevaba meses cruzándomela en el portal y esquivando su mirada. Esa tarde, encerrados en el ascensor con su marido borracho al lado, dejé de esquivarla.
Estaba en su sofá, con la falda subida y el coño mojado, y solo tenía que decir una frase para que yo no me marchara y la dejara así, esperando a su marido.
Llamó a mi puerta desesperada: a su marido lo habían detenido. Accedí a ir, pero con una sola condición, y ella no estaba en posición de negarse a nada.
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Llevaba cuarenta años soñando con una mañana libre y vacía. Lo que no entraba en mis planes era empezar ese lunes viendo al vecino en pelotas y notar que se me cortaba la respiración.
Lo conocían como el viejo bonachón de la esquina, el que saludaba a todos y nunca levantaba la voz. Bastó una tarde a puerta cerrada para descubrir al hombre que de verdad era.
La había visto pasar de niño tímido a mujer despampanante. Aquella tarde de calor, con la pizza enfriándose en la mesa, fue ella quien se inclinó a besarme primero.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Tres meses sola con su hija y la cama fría. Cuando un mensaje le ofreció un verano lejos de todo, no imaginó que en esa casa la esperaban dos.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
Subí a su rellano con unos vaqueros que marcaban todo y el corazón en la garganta. Nadie abrió. Cuando me rendí, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él.