El vecino que me enseñó a desear a los hombres
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Llevaba doce horas solo cuando la encontré en la calle, llorando. Ella tenía setenta años, una deuda y ningún lugar al que ir. Yo tenía una propuesta.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Carmen apareció en mi ventana como si esperara ese momento. No se fue. Me hizo bajar. Lo que vino después no fue lo que ninguno de los dos imaginaba.
La imagen era nítida: ella recostada en la reposera de él, en bikini, con una sonrisa que no era para mí. Lo que vino después me dejó sin habla.
El calor de agosto aplastaba el patio del bloque y Adrián no podía apartar los ojos de la ventana de enfrente. La señora Valverde no sabía que la estaban mirando.
Rodrigo abrió la puerta y encontró a su vecina en el pasillo, los ojos llorosos, el vestido tenso. Lo que le pidió minutos después no tenía nombre.
Abrí la carpeta por error. Lo que encontré dentro me dejó paralizado frente a la pantalla: Elena, dos hombres y una escena que no debería haber visto.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Cuando me asomé por la luna del coche para ver si mi hermana seguía despierta, lo descubrí a él en su ventana, fumando. Y supe que no iba a apartar la mirada.
Llevaba días escondido entre las matas, mirándola moverse sobre otro hombre cada noche. Cuando él faltó por una fiebre, yo me acosté en su lugar.
Llevaba dos semanas espiándola desde mi cocina cuando la tormenta sacudió el edificio. A las once llamó a mi puerta con el camisón blanco y los ojos muy abiertos.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Sudaba conmigo entre los sacos de harina mientras repetía las palabras más sucias en su acento árabe. A las cuatro de la mañana, ninguno de los dos podía seguir fingiendo.