El vecino tímido al que le enseñé su primera vez
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Cuando crucé la mirada con él al otro lado del vidrio, supe que esa misma tarde iba a convertir su curiosidad en algo que ninguno de los dos olvidaría.
Desde el primer día me pidió una foto para presumir ante sus amigas. Nunca imaginé hasta dónde llegaría su placer por exhibirme delante de otras.
Llevaba veinte años casada con un hombre que rezaba antes de cada comida. Esa tarde, bajo el árbol del parque, me confesó a quién extrañaba de verdad.
Llevaba más de cuarenta años casada y nunca había mirado a otro hombre. Aquella mañana abrió la puerta con la casa vacía, sin saber que ya nada volvería a ser igual.
Subió con dos táperes y una sonrisa demasiado amable. Él tenía veintidós años, todo el fin de semana libre y una idea que sabía que no debía tener.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Sabía que me espiaba cada tarde desde su balcón. Lo que no sabía era cuánto me gustaba a mí que lo hiciera, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Llevaba meses observándola desde la mirilla a las 7:15 en punto. Lo que no sabía es que ella contaba mis pasos detrás de los suyos cada vez que bajaba la escalera.
Le dije que se había olvidado una camiseta solo para tenerlo en mi mesa. Lo que descubrió esa noche no se parecía en nada a la esposa que dejó.
Vino a pedirme la impresora y se quedó mirando la pantalla con una pregunta en la punta de la lengua que lo cambió todo entre nosotros.
Tenía veintisiete años, una novia y una vida ordenada. Entonces aquel vecino lo miró en el autobús como si supiera algo que Tobías aún no se atrevía a nombrar.
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.
—¿Querés que lo probemos antes de que decidas? —dijo él, y Mariana entendió que esa tarde ninguno de los dos hablaría solo del proyector.