La amiga de mi hija me confesó que me deseaba
Tenía cuarenta y cuatro años, dos hijas y un divorcio reciente cuando la chica de la casa de enfrente me miró distinto y dijo lo que yo no me atrevía a pensar.
Tenía cuarenta y cuatro años, dos hijas y un divorcio reciente cuando la chica de la casa de enfrente me miró distinto y dijo lo que yo no me atrevía a pensar.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
Cuando entró sola al bar, solo quería entender qué sentía. No esperaba encontrarse con su ex profesora de matemáticas mirándola desde la barra.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
A las once y media bajé al cuarto de la lavadora con una excusa. Ella estaba de espaldas y no se giró cuando me oyó entrar. Eso lo cambió todo.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
Llevas años tragando suspiros a medianoche. Esa noche alguien te estaba mirando desde la puerta, y tu cuerpo lo supo antes que tú.
La primera noche en el piso nuevo oí a la vecina del otro lado del tabique. Tuve que levantarme al baño a acabar mientras Laura dormía.
Jugamos al póker de prendas con mis vecinos. Nadie dijo a qué más se estaba jugando, pero cuando me quedé sin ropa en el centro del salón, ya no necesitábamos las cartas.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Vine a pasar la noche en su departamento y terminé desnuda en el sofá mientras su mejor amiga nos miraba desde el sillón, sin moverse y sin decir una sola palabra.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Me levanté a buscar agua y el pasillo estaba en silencio. Luego vi la rendija de luz bajo su puerta y escuché sonidos que no debían estar ahí.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.