Valeria, mi vecina trans del piso de enfrente
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Pusimos la tele en silencio para escucharlos mejor. No sabíamos que ellos también nos oían desde el otro lado del techo.
Estaba a punto de cerrar la app cuando llegó el tap. Trescientos metros. Cerca. Demasiado cerca para ignorarlo un domingo sin planes.
Llegué con encaje y tacos altos esperando a Héctor. Diego me abrió la puerta con una sonrisa irónica y yo no podía articular ni una sola palabra. Pero los tacos cambiaron todo.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Fui a su casa creyendo que iba a hacer una buena obra. Encontré mis fotos en su celular, y lo que hice después no se lo he contado a nadie hasta hoy.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
La primera vez que la sorprendí observándome, dejé la cortina entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar la chica del balcón de enfrente.
La cortina del fondo cerraba mal y la voz que escuché desde el dormitorio no era la Carla del barrio que me saludaba todas las mañanas.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Lo planeé todo con él desde el primer interrogatorio. La noche que volvió a tocar mi puerta, supe que el caso estaba cerrado y la cama, abierta.
Entré a su casa solo para ayudarlo con una aplicación. Jamás imaginé que su galería ocultaba un secreto que iba a sacudirme por completo.
Llevaba semanas viéndolo desviar la mirada cuando yo bajaba con vestido. Esa tarde, al cerrar la puerta de mi apartamento, supe que ya no iba a desviarla más.
Tenía catorce años y todavía era virgen cuando bajé descalzo por el pasillo. La puerta del cuarto de mis padres no estaba bien cerrada y por la rendija salía la luz.