Mi vecina es la actriz porno que veo desde los 18
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Dejé el picardías colgado a la vista en el baño, calculé cada gesto y esperé a ver hasta dónde se atrevía a llegar el chico del cuarto B.
Le dije que esa noche no salía. Entonces tocó mi puerta con un vestido rosa en la mano y esa sonrisa que ya sabía de antemano que iba a ganarme.
Bajó del coche con la chaqueta entreabierta y supe que esa noche no iba a contenerme. Ella había dicho que no debíamos; yo ya había decidido lo contrario.
Solo iba a aconsejarlo sobre un delantal. No imaginó que, frente al vendedor, él la señalaría a ella como si fuera la sirvienta que venían a vestir.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
Solo quería olerlo un segundo. Cuando escuché su voz a mi espalda supe que esa noche dejaba de decidir cuándo, cómo y cuánto.
Cuando Bárbara dejó colgando la sandalia de la punta de los dedos, supe que la obedecería allí mismo, en el portal, pasara quien pasara.
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Entré en casa sin hacer ruido para buscar un papel y me encontré a mi mujer con la zapatilla en la mano y a su amiga sobre el regazo, esperando el castigo.
Subí en bata, descalza y furiosa, dispuesta a gritarle. Él abrió la puerta, me miró de arriba abajo y supe que era yo la que se había metido en problemas.
Cuatro manchas violáceas en mis caderas tenían la forma exacta de sus dedos. Me vestí de ejecutiva impecable, pero los dos sabíamos a quién pertenecía ya mi cuerpo.
Apoyados en la encimera creyeron que la casa estaba vacía. No contaban con que ella volviera antes de tiempo, ni con lo que guardaba para quienes se atrevían a engañarla.
Subió a su ático dispuesta a echar al intruso a patadas. Bajó la cabeza cuando él le ordenó servir el vino de rodillas, y descubrió que obedecer también era un placer.
Cruzamos miradas en la piscina toda la tarde. Cuando subí a buscar agua y él entró detrás de mí, supe que ya no había vuelta atrás.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Reconocí el cesto de ropa que no era el mío y, antes de pensarlo, ya tenía la mano hundida en sus prendas. Lo que pasó después me cambió por dentro.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.