A los sesenta recuperé el deseo que daba por perdido
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Creí que estaba solo entre la ropa tendida. Hasta que una voz a mi espalda me preguntó si me gustaban sus pantaletas, y supe que ya no había vuelta atrás.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Llevaba quince años saludándolo en la playa sin imaginar lo que aquel hombre veía cada noche, a través del cristal del baño, mientras yo me creía a solas.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Desde abajo, mientras ella empujaba la guía en lo alto de la escalera, la camiseta se le separaba del cuerpo y Adrián descubrió que aquel verano no iba a ser como los demás.
Cuando sentí su mirada clavada en mi espalda desde la ventana de enfrente, supe que esa tarde no iba a comprar pan: iba a darle algo mucho mejor.
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
Cuando me mudé a la capital pensé que solo iba a buscar trabajo. Mi compañero me enseñó algo distinto: que los hombres miran lo que no deberían, y que basta un gesto para confirmarlo.
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
Aquella tarde giré el telescopio sin esperar nada nuevo, y la vi: arrodillada sobre la silla, ajena al hecho de que un desconocido a treinta metros la observaba en silencio.
Su mujer salía de viaje al día siguiente y yo todavía dormía sobre un colchón en el suelo. Cuando tocó el timbre con la caja de herramientas, supe que algo iba a pasar.
Salí a tomar aire mientras él dormía. Las luces del piso de enfrente seguían encendidas, y entonces escuché un gemido que no era el mío y supe que iba a quedarme a mirar.
La primera vez que apunté el viejo telescopio de mis hijos hacia la ventana del frente, supe que me había convertido en algo que mi marido jamás imaginaría.
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
Tres horas leyendo relatos en el móvil bastaron para que aceptara la propuesta de Iván. Al día siguiente, esa cámara escondida me cambió la vida entera.
La regla era simple: máscara puesta, ni una palabra. Lo que Marcos no sabía era a quién estaba tocando de rodillas en mi salón.