Mi sumiso favorito y la orden que no esperaba
Cuando me bajé los leggings frente a él, supe por su mirada que haría exactamente lo que yo le pidiera, por más sucio que fuera.
Cuando me bajé los leggings frente a él, supe por su mirada que haría exactamente lo que yo le pidiera, por más sucio que fuera.
Le ordené que se quedara de rodillas y no se moviera. Lo que vino después le enseñó que, conmigo, obedecer no es una opción: es la única regla que existe.
Entró al dormitorio y encontró los cajones vacíos de encaje y llenos de ropa de hombre. Esa noche supo que ya no decidía nada por sí misma.
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
No te dejé levantar la cara hasta que entendiste que, mientras estés detrás de mí, tu boca y tu nariz me pertenecen y harás con ellas lo que yo ordene.
Sabía que iba a perder antes de empezar. Pero rendirse de entrada no le daba nada: el placer estaba en resistir, en obligar al otro a arrancarle la victoria a mordiscos bajo la luna llena.
Cuando cerramos la puerta del dormitorio, dejamos de ser la pareja correcta que todos conocen. Ahí dentro no hay límites, solo los que ponemos para romperlos.
El recepcionista me entregó un paquete sin remitente. Adentro, un plug de metal y una nota con su letra: «Para nuestra cita, quiero que lo lleves puesto».
Me dijo que esa espera no se pagaba con plata. Y yo, en lugar de bajarme del taxi, me quedé a averiguar con qué quería que se la pagara.
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
Estaba medio desnuda en el coche de un hombre al que no conocía, en un parking lleno de gente, y él me dijo que me relajara porque mi chequeo apenas empezaba.
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Cuando me senté frente a él con la lista en la mano, ya sabía que no había ido a revisar materiales. Mi jefe me había enviado para conseguir el descuento, y yo era la moneda.
Acepté acompañarlo al viaje sabiendo que sería su mujer por unos días. Lo que no sabía era que mi cuerpo ya formaba parte de la negociación.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.