Lo que empezó en la sauna terminó en otra cosa
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.
Cuando Sofía dijo «¿y si en vez de un trío hacemos una orgía?», sentí que el estómago se me caía y que, por primera vez, no quería decir que no.
Cuando la puerta del baño se abrió de golpe, entendí que Adrián no me había llevado allí para estar a solas. Y lo más perturbador fue cuánto lo deseaba.
Lo senté en el sofá, frente a la cama enorme, y le susurré al oído: «Quédate ahí quieto, que esta vez la sorpresa es para ti». No tenía idea de lo que venía.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.
Tres mujeres, una casa enorme y una piscina al sol. Bastó una mirada entre ellas para que la tarde dejara de ser inocente y se convirtiera en otra cosa.
Llegaron a las seis en punto, me besaron uno por uno apenas entraron y supe que esa noche no iba a ser yo quien pusiera las reglas.
La dejé a dos calles del punto de encuentro y, cuando se subió al coche, se presentó como si yo fuera otro pasajero más. Ninguno de los tres sabíamos lo que vendría.
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Lo llamaban su escapada secreta: tres días sin maridos ni hijos. Pero esta vez Bea invitó a cuatro hombres a cenar, y ninguna imaginó cómo acabaría la noche.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.
Tomé la pastilla azul antes de salir del vestuario porque sabía lo que venía. Lo que no sabía era hasta dónde íbamos a llegar Romina y yo esa noche.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Creí que sería un día de mar entre amigos. No conté con el chico de cubierta que no me quitaba los ojos de encima, ni con todo lo que vino después.
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
Cuando me quitó la venda de los ojos, no estaba solo en el salón. Seis hombres desnudos me rodeaban y mi novio observaba desde un rincón con una sonrisa.
Cuando la Señora chasqueó los dedos, supe que esa noche mi mujer dejaría de ser solo mía y que yo miraría cada segundo sin poder apartar los ojos.