La casa de la playa donde nos turnamos de a uno
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.
Era nuestra última noche y ya no quedaban turnos ni juegos: solo ocho amigos, mucha piel y la promesa silenciosa de que esa vez nadie se quedaría con las ganas.
Despierto junto a Lorena pensando en todo lo que ha pasado esta semana, sin imaginar que el último día nos guardaba la sorpresa más intensa de todas.
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Cuando abrió los ojos y la cama de Damián estaba vacía, supo que la noche todavía no había terminado para nadie en aquella casa.
Mi marido ni me miró cuando salí con la falda ajustada esa noche. No sabía que iba a un hotel a ver, desde una butaca, lo que yo llevaba años deseando para mí.
Cuando Renata bajó descalza a la cocina al amanecer, no imaginó que su marido la observaría desde la puerta, ni que esa mañana lo cambiaría todo entre ellos cuatro.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Salí del baño envuelta solo en una toalla y crucé el salón despacio, sabiendo que las miradas de los dos hombres me seguirían hasta el dormitorio.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.
Volví al chalet pensando que todo había terminado, y me encontré la piscina llena de cuerpos, vasos por el suelo y a la pantera esperándome en el agua con una sonrisa que lo decía todo.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Creé el anuncio en secreto, elegí a los candidatos uno por uno y reservé la suite. Solo faltaba que ella cruzara esa puerta y descubriera su verdadero regalo.
Mi mujer bajó al baño del avión detrás de la azafata y volvió despeinada, con una confesión que me dejó duro y con ganas de mucho más.
En la cafetería se lanzaron un desafío entre risas: cada una elegiría a un hombre esa misma tarde. Ninguna imaginó que la apuesta acabaría en la misma cama.
Iván y Lucía eran los nuevos del edificio, los más jóvenes, los que todavía aprendían. Esa noche les enseñamos que en nuestro grupo nadie se quedaba con las ganas.
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
Llegué a aquel departamento pensando en una copa de vino y una charla. No imaginé que esa tarde iba a entregarme a tres hombres a la vez.
Volvíamos a vernos un año después de aquel viaje, y esta vez Marina traía a un invitado que no sabía nada de lo que íbamos a hacer en esa casa junto al lago.