El segundo día de adiestramiento de Diana
Le habían advertido que el segundo día no habría compasión. Lo que no sabía era hasta dónde estaban dispuestas a llevarla las dos señoras de la sala blanca.
Le habían advertido que el segundo día no habría compasión. Lo que no sabía era hasta dónde estaban dispuestas a llevarla las dos señoras de la sala blanca.
Bruno creía que tenía el control de todo: su novia, su amante y su orgullo entre las piernas. No sabía que esa noche iba a perder las tres cosas a la vez.
Conocía las reglas: una hora, sin límites pactados, cuatro contra mí. Lo que no sabía es cuánto me iba a gustar perder el control entre sus manos.
Llevábamos un mes sin atrevernos a más, hasta que eligió otra película de dominación y me preguntó, con esa sonrisa, si quería hacerlo de verdad.
Hacía meses que no sabía de ella. Su llamada fue una orden, no una invitación: esa noche dejaría de ser una persona para convertirme en su propiedad.
Cada vez que me quedo solo en casa repito el mismo ritual. Y cada vez es más difícil distinguir el juego de lo que de verdad anhelo ser.
Ámbar había aceptado las reglas del amo: nada de placer hasta volver del viaje. Lo que él no sabía era cuál de las dos mujeres llevaba la última palabra.
Cada Navidad escondíamos nuestro secreto bajo ropa recatada. Este año abrí la puerta con mi mujer arrodillada y atada en el salón, esperando a los invitados.
El mensaje tenía tres líneas: «En treinta minutos. Desnúdate antes de entrar». Y la comandante más temida de la central supo que volvía a ser solo suya.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.
Guardó la tarjeta durante semanas, repitiéndose que jamás iría. Una tarde de viernes, sin saber por qué, se puso su mejor vestido y cruzó aquella puerta.
Adrián despertó atado a la camilla de la enfermería, con los testículos hinchados y tres mujeres decidiendo cuánto dolor merecía aquella noche.
Me esposó en bañador por una acusación falsa, pero al apretarme para que confesara descubrió que el dolor no me asustaba. Y ella necesitaba a alguien así.
Crucé la puerta del hotel sabiendo que esa noche dejaría de ser yo. Tres extraños me esperaban con una copa servida y ninguna intención de tratarme con cuidado.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda, temblando. Llevaba meses soñando con ese instante, y ella todavía ni siquiera lo había mirado.
Conduje hasta una cueva perdida para encadenarme yo misma todo el fin de semana. Lo que no calculé fue que alguien encontraría las llaves antes que yo.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
Mi marido dormía la siesta mientras yo caminaba por la arena buscando a los tres hombres que llevaba dos días imaginando. No pensaba volver sin ellos.
La camarera me había mirado toda la cena. Lo que no imaginaba era que ella y sus compañeros nos esperaban a oscuras entre los árboles de la playa.