Ese mediodía en el taller no debí quedarme
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Llevaba semanas evitándolos a todos. Los quería con las ganas bien acumuladas para ese fin de semana. Al salir del trabajo el viernes, lo tenía todo planeado.
A las once de la noche bajé al lobby en pijama por un paquete. Lo que no sabía es que el hombre que lo traía se quedaría a charlar.
Dejé el coche a media cuadra para no hacer ruido. La puerta estaba sin seguro y las luces apagadas. Lo que encontré al fondo del pasillo cambió todo.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Subí la escalera de metal con la pollera pegada al cuerpo y la mochila llena de billetes, sintiendo todas las miradas del taller trepando por mis piernas.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Llegué al chalet con un vestido discreto, sin saber que mi cuñado me esperaba en bermudas y que mi suegro tenía algo más que un refresco preparado.
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
La casa estaba vacía y las cortinas cerradas. Era el momento perfecto para lo que nadie debía saber. Hasta que escuché la llave en la cerradura.
La Camila de las gafas grandes y la ropa holgada había desaparecido. En su lugar, una mujer que cortaba el aliento. Mi hermano y yo nos miramos sabiendo que ese verano sería distinto.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.
Llevaba meses mirándolo en los vestuarios sin atreverme. Esa tarde, cuando me preguntó si quería subir a su casa, supe que era ahora o nunca.
Llevaba tres días contando los minutos hasta el próximo jueves. Tres días sabiendo que esta vez, si la sala se quedaba vacía, no iba a poder parar.
Cuando cerré el cajón de mi madre con el baby doll celeste en la mano, supe que la chica que había subido las escaleras ya no iba a bajar igual.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.