La fiesta con albañiles que terminó en trío y más
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Pensé que solo íbamos a terminar un trabajo, pero cuando me besó descalza sobre la hierba entendí que me estaba llevando justo donde ella quería.
Él la hizo mirar, obedecer y abrirse para más, y ella descubrió que el morbo la excitaba tanto como la polla en el culo.
Ella manejaba en silencio mientras él me tocaba en el asiento trasero, y yo entendí que aquel favor ya no tenía vuelta atrás.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
Cuando vi a Daniel sirviendo café con esa sonrisa tranquila, recordé exactamente por qué había jurado no volver a buscarlo.
Pensé que había alquilado una habitación normal, hasta que descubrí qué clase de pareja dormía al otro lado del pasillo.
Mi jefa quería un suplemento revolucionario, pero nadie imaginó que la primera prueba terminaría con gemidos sobre mi escritorio.
Empezó con unas medias escondidas bajo el pantalón y terminó de rodillas, obedeciendo mientras me vestían para usarme.
Mi marido me miraba masturbarse mientras el otro hombre me abría las piernas sobre la cama y me hacía olvidar cuántos años tenía.
Después de tragarme su corrida, cenamos desnudos en mi cocina... y el helado terminó donde los dos estábamos deseando.
Abrí la puerta medio desnuda, con dos juguetes aún tibios en el salón, y tres desconocidos entraron oliendo mi calentura antes de que yo dijera una palabra.
Entramos temblando al cuarto privado del sexshop, pero nadie imaginó hasta dónde iba a llevarnos aquella mujer.
Cuando vi el tamaño de su verga en aquella habitación, entendí que esa noche no se parecería a ninguna de mis otras aventuras.
Me escribió meses después de mi ruptura, habló de mi polla sin rodeos y esa misma noche acabó arrodillada delante de mí con una propuesta indecente.