Espié a mi vecina y acabé metido en un trío con su novia
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
Entré al cuarto convencida de que sería una cogida rápida para vengarme. Salí al amanecer sin recordar mi nombre.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Entré al cuarto por curiosidad y acabé atrapado entre dos cuerpos adultos que parecían entender mi deseo mejor que yo mismo.
En la playa nudista entendí que no le faltaban ganas, solo alguien que se atreviera a empujarla hasta donde llevaba tiempo queriendo llegar.
Me puse esos tacones para impresionar a mi jefe, pero acabé de rodillas ante un desconocido que supo leer mi deseo mejor que yo misma.
Me desperté empapada, sin saber si el hombre que me había abrazado en el sueño era un colega, un desconocido o pura imaginación. No importaba nada.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Desperté con ella recogiendo mi ropa, pero cuando se inclinó junto a la cama supe que esa mañana no iba a estudiar nada.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Le pedí que llegara desnuda a la piscina y le dejé la puerta sin llave. Diez minutos después, la vi cruzar el patio con el pelo rojo brillando bajo la luz del agua.
La dejé en la puerta del restaurante y volví solo al hotel, sabiendo que esa noche iba a escuchar a mi esposa gemir para otro hombre.
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Damián me pidió que me pusiera el plug antes de salir de fiesta. Yo no sabía que la verdadera noche empezaba cuando su mejor amigo se plantó frente a mí en la pista.
La vi sola al fondo de la barra, con la copa en la mano y una mirada que pedía exactamente lo mismo que yo esa noche.
Salí de la ducha y no encontré la ropa; estaba doblada sobre las rodillas de mi compañero, con esa sonrisa de quien llevaba semanas esperándome.