El vapor del mercado me reventó el culo esa tarde
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Cuando entramos en su casa, mi pareja aún creía que iba a ponerla en su sitio; cinco minutos después, ya no mandaba ninguna de las dos.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Lo invité a subir mientras seguía húmeda de tocarme, y esa noche en el hotel se convirtió en una cadena de sexo que ya no pude frenar.
Nos cruzamos la mirada durante el concierto y no volví a ver otra cosa esa noche. Cuando me susurró al oído en los baños, ya sabía que iba a acabar en mi habitación de hotel.
Creí que solo iba a una fiesta del hospital, pero acabé arrodillada ante un hombre maduro y después mi esposo quiso verlo todo.
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Lo vi detenerse junto al banco para atarse el cordón, y en segundos dejé de pensar como un corredor para empezar a mirar como un hombre excitado.
Entre semana necesitaba otra polla, y aquel sábado convertí una pelea con mi marido en la excusa perfecta para cumplir mi fantasía más sucia.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Cuando abrió la puerta, yo ya estaba temblando dentro de la jaula, con el plug en el culo y la cena sin tocar, esperando su primera orden.