Esa noche Valeria me trató exactamente como quería
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Creí que participar significaba solo mirar. Esa noche, mi esposa me tomó de la nuca y me enseñó que mi papel en nuestro trío era completamente distinto.
Entré a esa zona restringida a propósito. Había algo en esos hombres uniformados que me atraía desde que llegamos, y yo sabía exactamente lo que buscaba.
Llevaba tres días en Cartagena pagando por encuentros que terminaban con la misma sorpresa, hasta que ella entró al bar y todo cambió de golpe.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Cuando ella le ajustó la postura por tercera vez y sintió la presión bajo los shorts, decidió que esa mañana la sesión iba a ser muy distinta a las anteriores.
Aquella tarde entró en el bar como si llevara horas esperándome. Lo que vino después fue lo que me cambió, no el sexo: lo que me hicieron descubrir.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
Bjarne nos explicó la tradición mientras el fuego crepitaba. Antes de que terminara de hablar, ya sabíamos que íbamos a decir que sí.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
Iba a ser la primera vez que estuviera con los cuatro al mismo tiempo. Lo decidimos esa noche, mientras brindábamos por unas vacaciones que jamás imaginé que empezarían así.
La cremallera se abrió y dos cabezas se asomaron como si llevaran rato esperando turno. No nos sorprendimos. Tampoco nos cubrimos.
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
La oí gemir desde el otro lado del pasillo. Supe que esa noche tampoco iba a dormir. Pegué el oído a la puerta y luego corrí al estudio de mi abuelo.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
Llevaba un short minúsculo y un top sin sostén cuando sonó el timbre. El viejo del lado solo venía a pedir azúcar. O eso pensé cuando le abrí.
Llevaba veinte minutos bailando con un desconocido en la pista. Cuando él propuso subir al baño del piso de arriba, dijo que sí sin imaginar lo que vendría.
Llevábamos meses compartiendo algo prohibido entre hermanos. Esa tarde, mientras ella me contaba todo con las manos ocupadas, la cámara nos reveló algo que lo cambiaría todo.